"Roma está llena de leyendas que lo único que pretenden es engrandecer aún más su historia. Es como si la vieja ciudad dudara de su belleza, y hubiera encontrado en el pábulo un alimento para sobrevivir, un método de rejuvenecimiento" Emilio Calderón

lunes, 11 de marzo de 2013

La Fontana de Trevi (II): monedas, L'Acqua dell' Amore y Fendi



Si hay en Roma una fuente inagotable de historias, sin duda alguna la Fontana di Trevi  es la más firme candidata a llevarse la palma; son varias las tradiciones que se han edificado en torno a ella y que tienen, en unos casos,  que ver con aspectos nostálgicos o románticos. A estas dedicaremos, como colofón, la entrada de hoy, pero  sin olvidar  algunas otras curiosidades que, espero, sean del agrado de quien se anime a conocerlas conmigo en este nuevo percorso que tiene otra vez como protagonista  a esta majestuosa explosión barroca de agua y piedra.
La popular costumbre de arrojar una moneda en la Fontana es un acto inevitable  para cualquier visitante que se precie y que desee  asegurarse  un futuro retorno  a Roma, un peaje que pocos se negarán a pagar; en ocasiones la tradición varía en cuanto al número de monedas que se deben arrojar y que va de una a tres, aunque en todo caso se trata de un pago poco oneroso para el bolsillo ya se aceptan incluso las mínimo valor.
Una única moneda, la costumbre más extendida, constituye el precio del pasaje que garantiza regresar de nuevo algún día a la Ciudad Eterna; una segunda moneda arrojada significa que el o la oferente encontrará el amor de una romana o un romano, y una tercera moneda asegura que habrá  matrimonio  con ella o con él. Eso sí, el ritual exige que la moneda o monedas sean lanzadas con la mano derecha sobre el hombro izquierdo y siempre de espaldas a la fuente.
 En general muchos justifican esta tradición en el argumento de una película titulada precisamente Three coins in the Fountain, de Jean Negulesco (1954), donde tres jóvenes americanas, cada una en busca de la felicidad, lanzan monedas a la Fontana  de Trevi con el deseo de  ver cumplidas sus expectativas amorosas. Pero el verdadero origen de esta costumbre hay que buscarla en el influjo que las fuentes han ejercido y siguen ejerciendo sobre la gente, desde un tiempo en que, como veremos a continuación, tenían un fuerte carácter sagrado,  aunque hoy, desvirtuado ya el sentido originario de este culto a las aguas, haya quedado reducido casi a una superstición.
El agua ha desempeñado desde siempre un papel importantísimo en la vida de los seres humanos ; desde tiempos remotos el hombre ha rendido culto a la Naturaleza porque percibe y ha percibido siempre la presencia divina en sus elementos, entre los cuales el Agua es absolutamente primordial porque es signo de vida, de salud y de renacimiento.
En todas las épocas, mares, ríos, lagos y fuentes han sido objeto, en mayor o menor grado, de manifestaciones cultuales entre los diversos pueblos; esta veneración es plasmada en realizaciones concretas, que van desde la sacralización de lugares acuáticos a ofrendas votivas o leyendas, y que toma forma a través de santuarios, balnearios, ninfeos… De este modo la relación del hombre con el medio natural queda encuadrada en un contexto que podemos considerar “mágico-religioso”.
El mundo romano, como ya anteriormente había sucedido con el mundo griego, no fue ajeno a este carácter sagrado de las aguas y así está presente en la religión romana primitiva; en particular existe un grupo de aguas que, por sus especiales características y sus particularidades concretas, fueron sacralizadas en época romana  y así las fuentes fueron adoradas conceptualizándolas como numina, poderes divinos, manifestaciones de la voluntad de algún dios.
Comúnmente en Roma se extendía la creencia de que las aguas transmitían el poder curativo de las divinidades y que incluso eran capaces de alargar la vida; en particular había la creencia popular de que las propiedades terapéuticas de las aguas medicinales y termales estaban en íntima relación con alguna divinidad. En la religión romana la personificación de las fuentes y de las aguas vivas era Fons; es evidente que un efecto tan benéfico como el del surgir de las aguas debía ser personificado y divinizado. Pero  también los romanos conocieron a Fontus, Fontanus y hasta una femenina Fontana; nacido en el principio como el espíritu divino y benefactor de las aguas potables que nacen del suelo,  Fons conformó más tarde un dios, hijo de Jano Patulcio, dios promotor de cualquier ocasión, y de Yuturna, una ninfa de las fuentes, una divinidad salutífera  que tenía una fuente a ella dedicada en el mismísimo Foro, no lejos del Templo de Vesta. Del importante culto a esta diosa da fe la hipótesis de que uno de los templos del Area Sacra di Largo di Torre Argentina corresponde a esta diosa , espacio del que hablé en una entrada anterior (http://senoneveroebentrovatoprofedegriego.blogspot.com.es/search/label/Idus)
Templo A o de Yuturna en Area Sacra (agosto 2010)

Tal importancia parece haber alcanzado en Roma el culto a las fuentes que en honor a ellas y al propio dios Fons se celebraban las fiestas de los manantiales, las Fontinalia, cada 13 de octubre y consistían en ofrendas de flores al tiempo que también con flores eran adornados los brocales de los pozos.
Este carácter cultual tributado a las aguas en general y a las fuentes en particular es práctica universal en todo el mundo antiguo desde el neolítico, y está atestiguado en numerosísimos lugares de la Península Ibérica y de las Galias; de hecho el culto romano a determinados espacios acuáticos debió de limitarse a perpetuar cultos más antiguos. Y aún después, con el cristianismo, este culto es uno de los que más perduró en la religiosidad y hoy existen en España múltiples ermitas dedicadas a la Virgen cuyo origen debemos remontar a lugares con presencia de agua donde intuimos algún tipo de práctica cultual remota y pagana; tal es el caso de Santa Mariña de Augas Santas, cerca de Allariz, en la provincia de Ourense,  famoso santuario donde se entremezclan historia, tradición y leyenda, en una zona, además,  de interesantes  restos arqueológicos castreños y romanos. Y es que en Galicia, en particular, estas creencias se han plasmado en interesantes leyendas del folklore.
En algunos de estos centros cultuales han sido halladas  ofrendas y dedicatorias, arrojadas a las aguas o depositadas en sus proximidades;  entre estos testimonios aparecen  pateras, cráteras, fíbulas, aras, cerámicas, vasos y, cómo no, monedas; en el mundo romano estas ofrendas monetales a los manantiales de aguas termales parecen haber sido muy comunes, como lo demuestran, por ejemplo, las más de medio millar de monedas romanas  halladas en el lecho de las fuentes  en  Caldas de Cuntis (Pontevedra), lugar que sigue siendo hoy en día un establecimiento balneario famoso en Galicia  por sus excepcionales aguas mineromedicinales indicadas para el tratamiento de numerosas enfermedades. O los espectaculares hallazgos numismáticos en la francesa Bourbonne-les Bains, donde se encontraron más de cuatro mil monedas junto con otros numerosos diversos exvotos, un centro de termalismo de reconocido prestigio desde la Antigüedad hasta hoy; o el descubrimiento fortuito en el balneario de Vicarello, al norte de Roma, de un tesoro de más de cinco mil monedas y  objetos votivos de oro, plata y bronce, entre los que destacan los llamados “Vasos de Vicarello”. Se trataba, en el caso de estos últimos, de cuatro vasos de plata, con forma de miliarios, donde aparecían grabados los nombres de las localidades en el trayecto entre Gades y Roma; eran probablemente  una ofrenda  de un personaje principal gaditano al dios  Apolo ya que el lugar de su aparición eran unas antiguas termas de época romana donde hubo un santuario sanador de este dios, de ahí que se les conozca también como "Vasos Apolinares". El  oferente habría dejado como exvoto de agradecimiento por la curación de algún mal o dolencia los vasos que, seguramente, le sirvieron de copas y al tiempo de mapa de carreteras de su itinerario, algo así como un rudimentario GPS de la Antigüedad; de lo que no cabe duda es de que se trató de un hallazgo de valor histórico extraordinario y el más excepcional en Italia.
Fuente del Tritón, Pl. Barberini  (agosto 2010)
 La presencia de fuentes ornamentales en el urbanismo de las ciudades entre los siglos XVII y XX podría explicarse como una evocación de ese carácter mágico-sagrado de los manantiales, sugiriéndonos muchas veces mediante el aparato escultórico las antiguas deidades de las aguas; en este sentido la Fontana de Trevi no es un caso único en esta Roma dell’Acqua y podemos destacar otras muestras muy significativas: la berniniana Fuente del Tritón en la Plaza Barberini; otra barroca Fuente de Neptuno, esta vez en la Plaza Navona, o la más reciente Fuente de las Náyades en el centro de la Plaza de la República con unas sugerentes deidades femeninas que escandalizaron en su momento.
Fuente de Neptuno, Pl. Navona (agosto 2010)

Fuente de las Náyades, Pl. República (agosto 2010)
 En resumen y después de esta larguísima exposición, la actual costumbre de il lancio della monetina en Trevi debe ser interpretada como  una reminiscencia de un acto anterior, mucho más antiguo, de propiciación de una divinidad acuática local, cuyo favor se agradecía o se compraba con una dádiva o un pequeño obsequio; hoy para la mayoría de turistas no pasa de ser una tradición vana, una práctica  ejecutada sin sospecha de estar cumpliendo con un ritual ancestral que conectaba al hombre con las divinidades.
La ventaja de esta práctica tan extendida y popular es que reporta la friolera de casi un millón de euros al año, unos seis mil euros mensuales,  que en la actualidad  se destinan íntegramente a Cáritas, organización que los dedica a un supermercado gratuito para personas necesitadas; la cifra recaudada se ha visto aumentada en los últimos años no tanto por la generosidad de la gente sino por las labores de vigilancia de la policía para evitar robos.
En torno a esta Fontana de Trevi existe otra leyenda, menos conocida pero bien curiosa, que paso a comentaros, amables y pacientes lectores; como dejé dicho en mi entrada anterior, http://senoneveroebentrovato-profedegriego.blogspot.com.es/2013/02/la-fontana-de-trevi-i-la-venganza-de-un.html, el agua de la propia Fontana no es, actualmente,  apta para beber por estar tratada y por funcionar en circuito cerrado. Pero es posible probarla y catar su buen sabor haciendo uso de unos discretos caños o grifos situados a la derecha de la fuente, en las gradas que descienden hacia la pileta de la Fontana, eso si la multitud de gente allí arremolinada no nos lo impide.
Hay otro lugar donde poder beber el agua de Trevi conocida como La fontanina degli innamorati, “la fuentecilla de los enamorados”, una vaschetta, un pequeño pilón situada a la derecha mismo de la fuente donde cuenta la tradición que los enamorados que beban juntos aquí  se serán fieles eternamente; esta costumbre procede, parece ser, de otra más antigua, según la cual las jóvenes cuyos novios se veían obligados a marchar de Roma por cuestiones laborales o por el servicio militar, acudían con ellos y les hacían beber de esta pequeña fuente que mana directamente de la roca en un vaso o en una copa nueva y que no hubiese sido usada  antes. Una vez que el muchacho había  bebido,  se rompía el vaso intencionadamente de tal modo que con este acto se garantizaba la fidelidad de su amor aunque estuviese lejos;  de ahí que fuese conocida como L’Acqua dell’Amore. Curiosamente  la práctica no decía nada de la fidelidad de la muchacha a su amado ausente…
Se ha sugerido que las dos tradiciones, el lanzamiento de la moneda y el sorbo de agua, estuviesen combinadas y que en origen la moneda ofrecida a las aguas debería no ser ya de curso legal, como si de un símbolo de amor en el pasado se tratase. Cuentan que, durante su estancia en Roma, la propia Carlota de Austria, la esposa del emperador Maximiliano de Habsburgo, cumplió con la tradición usando una valiosísima copa obsequio del papa Pío IX cuando desde México vino a tratar  graves asuntos políticos y a entrevistarse con el pontífice.
Otras teorías apuntan otras posibles explicaciones a las que he propuesto; desde que el controvertido arqueólogo alemán Wolfrang Helbig, un enamorado de Roma y protagonista de su vida mundana, fuese el “inventor” de la tradición de la moneda como mágico encantamiento para regresar a la ciudad  y poder volver a disfrutar de toda su belleza, hasta que habría surgido como un voluntario “impuesto” o “tasa”  destinado a sufragar las labores de restauración del monumento. Y es este último comentario el que me sirve de pretexto para finalizar la entrada de hoy y que había apuntado en el título: Fendi.
La Fontana de Trevi no es ajena, como tampoco lo es el resto del Patrimonio de Roma, al deterioro y a los estragos del tiempo que dejan mella en su singular  belleza; al igual que sucedió con el Coliseo hace unos años, cuando la firma de calzado italiana Tod’s se hizo cargo de su restauración, ahora le toca el turno a la vieja Fontana. Las alarmas saltaron en junio de 2012, cuando se desprendió un trozo de cornisa y ello obligó a una reparación urgente y a hacer un diagnóstico de la “paciente”; los años no pasan en vano ni siquiera para esta colosal “belleza” romana y los peritos detectaron fisuras en la piedra, hongos, moho, secuelas de la contaminación, óxido… y  consecuentemente el precio de la cirugía reparadora, unos dos millones y medio de euros.
Al llamamiento de las autoridades hubo una rápida respuesta: la firma de moda  italiana Fendi, fundada en 1918 y con un extraordinario prestigio en todo el mundo, se haría cargo del patrocinio; y no sólo eso, también asume la restauración de las Quattre Fontane, las Cuatro Fuentes del cruce junto a la iglesia de San Carlo, la joya de Borromini, que doy fe que buena falta les hace. Todo ello  forma parte de un programa que la firma denomina con razón “Fendi for Fountains”.
La firma del acuerdo entre el Ayuntamiento de Roma y los representantes de Fendi no pudo haber tenido lugar en un lugar más emblemático, junto a uno de los signos de la romanidad, a los  mismísimos pies de la estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio, en la gran exedra de los Museos Capitolinos. Se une así tradición y modernidad, pasado y futuro, valoración, protección  y proyección del patrimonio; baste ver el exquisito cuidado  que se ha puesto en el pequeño vídeo promocional de su página web para darse cuenta cómo se ha seleccionado cada una de las imágenes (http://www.fendi.com/en/special-contents). Fendi ha conseguido de este modo  aunar su prestigio con el prestigio infinito  de Roma, erigiéndose  en patrona y protectora de uno de los más bellos y simbólicos lugares de la Ciudad Eterna; bienvenidas sean iniciativas como esta por el bien del Patrimonio Cultural y Artístico, especialmente en estos tiempos de crisis en los que las partidas presupuestarias públicas quedan aparcadas haciendo inviables las necesarias restauraciones.
Y con esta última reflexión  creo haber llegado, ¡por fin!, al término de este largo paseo que espero que haya resultado al menos interesante y ameno, un recorrido que nos ha llevado del presente al pasado, y de ahí al futuro de una pieza única, tan extraordinaria como la Fontana de Trevi.

domingo, 3 de febrero de 2013

La Fontana de Trevi (I): la venganza de un arquitecto



  
Al hablar de la Fontana de Trevi en Roma parecería  hasta imposible aportar algo nuevo a todo lo dicho ya de este archiconocido enclave de la Ciudad Eterna, lugar de visita obligada por ser uno de los lugares más espectaculares;  catapultada a la fama internacional desde que Federico Fellini  lo convirtiera en el escenario del mítico  baño nocturno de la exuberante Anita Ekberg  junto a Marcello Mastroianni en su película La dolce vita (1960) y  reproducida en láminas, fotografías, calendarios, pisapapeles y otros cachivaches de dudoso gusto, la famosísima Fontana de Trevi se ha convertido en todo un icono de la capital italiana.
En un intento por recorrer la historia real de esta monumental Fuente de los Deseos, empezaré por remontarme a sus orígenes romanos para terminar al fin con una de esas historias que tanto me gustan y que he dado en llamar, como este blog, “ se non è vero, è ben trovato".
Uno de los grandes problemas en época romana antigua era el abastecimiento de agua para la población; originariamente Roma se proveía de agua directamente del Tíber, con el peligro consiguiente de consumir agua contaminada. De ahí surge  la necesidad de traerla  desde lugares alejados de la urbe que garantizasen su perfecta potabilidad,  por tratarse de manantiales de agua pura, a través de acueductos construidos a partir de finales del s. IV a. C.
La leyenda nos cuenta que  en el 19 a. C. los  sedientos soldados del general Agripa, yerno del emperador Augusto,  fueron advertidos por  una virgen,  una  virgo, una joven  doncella,  de la presencia de un manantial de agua purísima a unos 22 km de la ciudad, que a partir de este momento proveyó el acueducto  llamado Aqua Virgo,  uno de los trece que hubo en la ciudad,  y que recorría un trayecto de más de veinte kilómetros , la mayoría de ellos bajo tierra. El momento en que la joven mostraba el lugar donde manaba el agua a las tropas romanas quedaría  reflejado,  años  más tarde, en la propia  fachada de la Fontana de Trevi.
 Estos acueductos, excelentes ingenios de la tecnología de la época,  fueron utilizados hasta la caída del  Imperio Romano, momento en que empezaron a caer en desuso por el abandono de su mantenimiento  hasta que en parte fueron destruidos en el año 537 d.C. , momento en que los godos asediaron Roma y destrozaron estas conducciones con el fin de rendir por sed fácilmente a los sitiados; en la Edad Media los romanos se vieron  obligados a aprovisionarse de agua extrayéndola de pozos contaminados y del propio Tíber, que simultáneamente era usado como cloaca; esto, lógicamente,  lo convertía en un foco de graves  infecciones y un peligro permanente  para la salud de los ciudadanos.
 Más tarde, durante el Renacimiento,  se revivió en Roma  la costumbre  de erigir una bella fuente al final de los acueductos que  conducían el agua a la ciudad y así,  en 1453,  el papa Nicolás V hizo reparar este acueducto  en cuyo término levantó una simple pila, obra de León Battista Alberti,  para recibir el agua.
El nombre de Fontana de Trevi procede de su situación, en la confluencia de tres vías (trivium),  aunque otra leyenda alude al nombre de la virgen romana  Trivia, responsable de su hallazgo,  como explicación;  escondida entre estrechas  calles, el efecto de su monumentalidad se hace más patente al visitante que se topa, de repente, con este gigante de travertino en una plaza que sorprende por su pequeño tamaño. Según uno se acerca  a ella, el rumor de agua anticipa su presencia pero la sorpresa que causa, de repente,  su espectacular  tamaño y apariencia impresiona sobremanera en ese juego de efectismo tan propio del Barroco; a mí, en particular, me gusta llegar a ella descendiendo desde el Quirinal, por un laberinto de callejuelas que potencia la experiencia del encuentro. La primera vez que la ves, no hay ojos para tanta belleza… y te sobran turistas en torno a ella; y es que la visites cuando la visites, un enjambre de personas se congrega a su alrededor, como si en ningún momento  del día ni de la noche  fuese a quedar desierta. Pero tal es su atractivo que te conformas con compartirla con la multitud, ¡qué remedio!
La Fontana, tal y como la conocemos hoy, es obra del arquitecto Nicola Salvi, después de que varios papas y varios proyectos antes tuviesen intención de construir una fuente monumental aquí, incluyendo uno del propio Bernini;  quien dio su aprobación al proyecto de Salvi fue  finalmente el papa Clemente XII, cuyo blasón es visible en la parte superior de la fuente  flanqueado a  cada lado por dos ángeles heraldos con trompetas, en un fenomenal  alarde propagandístico. La costosa construcción se demoró durante treinta años, de 1732 a 1762, y su arquitecto murió antes de ver concluida su obra; su delicada salud se vio resentida por  los constantes trabajos en los conductos subterráneos de agua donde la humedad hizo mella en sus problemas pulmonares crónicos. Habría de continuar la obra Giuseppe Pannini siguiendo los planos originales de Salvi, a quien se deben los relieves alusivos al legendario hallazgo del manantial de agua pura en la parte superior de la Fontana.
Una de las cosas que hacen a la Fuente de Trevi espectacular es su disposición literalmente “teatral”: como telón de fondo encontramos la fachada sur del Palacio Poli, un auténtico desconocido para los turistas, eclipsado por la grandiosidad de la fuente, al tiempo que en torno a ella, a modo de escenario,  se disponen gradas en semicírculo para que los asistentes puedan contemplar la gran representación de agua y piedra que constituye una de las obras cumbre del Barroco italiano. Pero veamos ahora quiénes son los actores y actrices principales de este derroche de imaginación en mármol travertino.

Océano o Neptuno en la Fontana (agosto 2010)

Una hermosa hornacina central se dibuja detrás del  gran protagonista, la figura majestuosa de un dios Océano o Neptuno, señor poderoso de los mares y las aguas,  que emerge en una gigantesca concha de la que, a modo de carro,  tiran a ambos lados dos caballos marinos, uno encabritado y el otro tranquilo,  acompañados de dos figuras de tritones que intentan dominar a los corceles; estos, a su vez, representan los estados del mar, ora embravecido y violento, ora calmado y plácido, de cuyas riendas se ocupan seres del cortejo marino, mitad hombres, mitad peces, a los que se acostumbra a presentar soplando en conchas que les sirven de trompa, como podemos observar  en la figura de la derecha. La figura del dios con la vestimenta al viento, entre las magníficas formaciones rocosas naturales y los borboteos de las cascadas de agua, contribuye  a crear un espectáculo grandioso y festivo, un homenaje al poder salutífero y vivificador del agua como regalo de la Naturaleza; estas figuras son obra de dos escultores, Giovanni Maini,  quien las inició, y Pietro Bracci, que les dio fin;  la fuerza del Neptuno parece inspirada en el propio “Moisés” de Miguel Ángel, así como el corcel manso y apacible recuerda, sin duda alguna, el caballo de Bernini en la “Fuente de los Cuatro Ríos” de Piazza Navona, a la que la propia Fontana di Trevi abastece de agua.
A cada lado del majestuoso Neptuno se descubren dos hermosas figuras femeninas  de Filippo della Valle que dan forma en escultura a  las mismísimas palabras en latín de la inscripción del friso superior, bajo el blasón papal, con las que Clemente XII deja claro, en su propagandístico mensaje, su compromiso con la “Abundancia”,  COPIA, y la “Salubridad”, SALUBRITAS, a través de esta fuente:
CLEMENS XII PONT MAX
AQUAM VERGINEM
COPIA ET SALUBRITATE COMMENDATAM
CULTU MAGNIFICO ORNAVIT
ANNO DOMINI MDCCXXXV PONTIF VI
Tritón con caballo marino a la derecha de  la Fontana (agosto 2010)

Se trata de un programa iconográfico interesantísimo que vale la pena examinar detalladamente. A  la derecha podemos contemplar  a una joven mujer elegantemente vestida con delicados plegados;  se trata de Higía o Salus,  que  porta en su mano izquierda una lanza mientras en la derecha sostiene una copa por la que se enrosca una serpiente. Era esta diosa Higía  en la mitología griega la personificación de la Salud, la personificación de la higiene como práctica terapéutica preventiva,  y con frecuencia es considerada una de las hijas de Asclepio, dios de la Medicina; la diosa  Salus en Roma no es sólo la personificación de la Salud , sino, en general, la de la “conservación”, y, curiosamente, en tiempos  poseyó un templo en un lugar muy próximo a la Fontana, el Quirinal. Hoy en día esta copa o cáliz con una serpiente enroscada a su alrededor es universalmente considerada como símbolo de la profesión farmacéutica.
Alegoría de la Salubridad en la Fontana (agosto 2010)

A la izquierda del dios del mar descubrimos otra delicada escultura de mujer , alegoría de la Abundancia; a sus pies, de un cántaro mana agua y con las dos manos sostiene una Cornucopia, el  Cuerno de la Abundancia o de Amaltea, la ninfa nodriza de Zeus cuando era niño; cuenta la mitología que un día, mientras jugaba, Zeus quebró  un cuerno de la cabra que le suministraba la leche y se lo regaló a Amaltea con la promesa de que este se llenaría milagrosamente  de todos los frutos que deseara. De ahí la representación de un cuerno del que salen flores y frutos, símbolo omnipresente en lugares de toda  Roma.
Alegoría de la Abundancia en la Fontana (agosto 2010)

Sobre el conjunto escultórico encontramos una clara referencia a los orígenes míticos de la Fontana; dos relieves muestran sobre las figuras femeninas, a la derecha, el momento en que la joven virgen muestra a los soldados de Agripa el manantial, y, a la izquierda,  el general Agripa en persona examina y aprueba los planos de la obra. Y aún por encima de todo el grupo, junto a la inscripción del papa Clemente, cuatro esculturas femeninas, dos a cada lado, representan las Cuatro Estaciones.
Hoy en día las  cristalinas aguas de la Fontana de Trevi que, según alguna leyenda local, en otros tiempos  aseguraban a las romanas el amor de sus amados tras beber estos un sorbo, no son potables; la fuente se somete periódicamente a trabajos de limpieza, pulido y  desinfección con cloro para evitar la proliferación de microorganismos en el agua. Pero es posible  probarla, y confieso que es deliciosa, si acertamos a dar con los caños de unos surtidores dispuestos a ese fin; están ubicados, aunque poco visibles entre el gentío,  a la derecha del monumento junto a una farola y en las escalinatas, también a mano derecha,  que bajan hacia el borde de la pileta donde todos los turistas  se disponen a asegurarse el regreso a la Ciudad Eterna al módico precio de una moneda, eso sí, cumpliendo estrictamente con el ritual de arrojarla con la mano derecha sobre el hombro izquierdo y siempre  de espaldas a la fuente. Pero el origen de esta tradición, así como alguna otra curiosidad más  sobre la Fontana, que estoy segura que será de vuestro agrado, prometo que será  el tema de mi próxima entrada, porque esta me está saliendo ya demasiado larga.
Como comenté al principio de la entrada, Nicola Salvi no vivió para ver concluida su obra; pero sí se aseguró, antes de su muerte, de hacer eterna una pequeña “venganza”. Y así llegamos a esa otra historia discutiblemente vera, pero que espero que  resulte  para quien no la conozca bèn trovata y explicativa de un elemento  insólito que lo cierto es que sí existe, lo cual da verosimilitud a la leyenda.
Sobre la balaustrada que  circunda la Fontana, en su lado derecho, justamente en el ángulo con la  Via della Stamperia, está esculpida  una  enorme vasija de travertino, visible  desde la calle, pero imposible de ser advertida desde la misma fuente ya que en esta  posición su aspecto queda mimetizado con la estructura rocosa; su aspecto recuerda, cuando se la contempla, el símbolo correspondiente al As de Copas de la baraja española, de ahí que a este extravagante objeto se le conozca en Roma como L’Asso di Coppe. 

L'Asso di Coppe de la Fontana de Trevi (abril 2012)

 Y la pregunta lógica  de qué hace ahí surge inmediatamente  y aquí es donde se revela la curiosa explicación; cuentan que durante los trabajos de construcción de la Fontana el arquitecto Nicola Salvi se veía constantemente molestado por los comentarios de un barbero criticón y pedante cuyo establecimiento estaba situado precisamente frente  a ese lugar de la baranda y donde a diario el artista acudía para ser afeitado. Exasperado por las continuas críticas del insufrible rapabarbas sobre su hermosa Fontana, Salvi tomó la decisión de impedirle la vista de su obra y en una noche hizo construir la enorme vasija, que le ocultó por completo la perspectiva desde la fachada de su barbería y le privó así  para siempre  de la belleza  de su magnífica fuente como venganza  ad aeternum.  Yo misma he comprobado in situ que resulta imposible disfrutar del espectáculo de la Fontana desde allí  e invito a mis amables lectores a hacerlo ellos mismos cuando tengan oportunidad; hoy ya no existe la barbería, aunque dicen que hasta no hace mucho sí hubo una, pero lo que yo pude ver fue tan sólo el local  de una vieja mercería y otro bajo junto a este con una persiana metálica bajada y un toldo-letrero, “Stampe Cornicsouvenir”. Corresponden, respectivamente,  a los números 83 y 84 de la Via della Stamperia, un poco más allá de una antiquísima farmacia, la Farmacia Pesci,  fondata nel 1552, como reza en su fachada, y de la conocida tienda de calzado  “Angelo”, datos que ayudarán a localizar más fácilmente el lugar para quien se anime a las pesquisas.
Sea o no cierta la leyenda, el caso es que es difícil explicar la extraña presencia de este elemento  que nada tiene que ver con el tema de la fuente y que no encuentra tampoco  correlato en el lado izquierdo de la balaustrada; en cuanto a lo que significa o pudiera representar, también aquí se apunta  una explicación que vendría a corroborar  la misma historia del fígaro maledicente ya que quizá se trata de la bacía o recipiente donde el barbero “montaba” la espuma de jabón para su trabajo.
Y por hoy hemos llegado al final de esta Historia con  “historia”, que dejo a vuestro criterio decidir si es vera, o si, por lo menos,  ha sido ben trovata;   tan sólo me queda daros las gracias, amables lectores, por vuestra paciencia y  espero reencontrarme con tod@s vosotr@s en la próxima entrada sobre esta inagotable Fuente de historias que es la Fontana de Trevi.





domingo, 13 de enero de 2013

LAS MADONNELLE STRADAIOLE DE ROMA




Uno de los descubrimientos más deliciosos e inesperados para el visitante cuando pasea por las calles de Roma es, al levantar la vista de modo casual, toparse en los muros de los edificios, en las fachadas de las casas y en los ángulos de palacios históricos con imágenes de la Virgen, de la Madonna, encastradas en pequeñas capillitas u hornacinas llamadas aquí edicole;  las llamadas cariñosamente  por los romanos madonnelle stradaiole,  pintadas al fresco o en tela, hechas en  madera, mosaico, mármol o terracota, son una manifestación popular de devoción a la Virgen a lo largo de los tiempos. Podemos encontrar repartidas por el centro histórico de Roma unas quinientas, aunque se dice que a mediados del s. XIX pudieron ser casi unas tres mil, de las que muchas  habrían desaparecido víctimas de las reformas urbanísticas que experimentó la ciudad a partir del año 1870; un recuento del año 1853 contabilizaba unas 2739 imágenes sagradas repartidas por las calles de la ciudad  de las que la mayoría corresponderían a imágenes marianas, frecuentemente representaciones de la Virgen con el Niño, Dolorosas o Marías orantes, aunque hay, pocas es verdad, algunas representaciones de la Crucifixión.

Con la palabra edicole se designan pequeñas construcciones, como  pequeños templetes, donde las imágenes veneradas se protegen de la lluvia y de los rigores del tiempo; sus formas son diversas y van desde un simple medallón con cornisas de estuco de gran decoración a formas más complejas que, con representaciones de querubines, angelitos y pilastras, les confieren una composición escénica espectacular, siendo especialmente destacadas las de periodo barroco; porque hay que decir que las hay de todas las épocas: medievales, renacentistas, barrocas, neoclásicas, modernas,…  cada una de ellas testigo de su época. Presentan otra característica particular, un dosel o baldaquino casi siempre con un toldo de metal enriquecido con un dobladillo y flecos; también destaca su estratégica colocación en las paredes, en la línea divisoria entre la planta baja de las casas y el primer piso, entre dos ventanas del primer piso o en las esquinas del edificio, a una altura que facilitaba que estuviesen a salvo de posibles daños de los carruajes y que, a los ojos de los fieles, recordaba la disposición en altura de las imágenes sacras en el interior de templos e iglesias.


Muchas de estas Madonnelle pueden verse aún hoy acompañadas de farolas y lámparas, y no hay que olvidar que estas eran los únicos instrumentos de iluminación durante mucho tiempo de las calles romanas; esta necesidad de iluminar rincones oscuros, lugares peligrosos de los barrios donde, desde la Roma Antigua, el caminante podía verse al anochecer  a merced de salteadores, ladrones o asesinos que esperaban a cualquier incauto para robarle y deshacerse luego de su cadáver lanzándolo al Tíber.  Es muy posible que esta luz procedente de los edicole proporcionase a los habitantes de Roma una sensación de  protección y seguridad mayor al proceder de un lugar dedicado a la Virgen.

Esto nos lleva a indagar en las raíces  de estos edicole marianos; el término procede del latín aedicula,  ‘capilla, hornacina’,  que, a su vez, es un diminutivo del sustantivo aedes, ‘templo, santuario’. Parece que podemos remontarnos para hallar sus orígenes a Servio Tulio, sexto rey de Roma, y a su política urbanística, con el fin de proteger las regiones y barrios en que había sido dividida la ciudad; procederían  de los llamados Compita Larum, que era como se llamaban los edicole sagrados de los antiguos romanos, pequeños altares públicos en honor de los Lares Compitales, divinidades romanas probablemente de origen etrusco encargados de velar en las encrucijadas  y a los que se dedicaban las Compitalia, fiestas celebradas en las encrucijadas de las calles y caminos con especial protagonismo de los esclavos y en las que las estatuillas de los Lares eran adornadas con guirnaldas de flores, al tiempo que se les hacían ofrendas de pasteles de miel y pelotas o muñecos de lana. En tiempos de Augusto dicen que se contabilizaban hasta unas 265 de estos altarcillos, número que bajo Constantino ascendió hasta unas 423.
Con el Cristianismo estos primitivos cultos paganos  se asimilaron a las nuevas creencias y el transcurrir de los siglos no ha mermado su popularidad, tanto que junto a estos altarcillos  no es extraño encontrar aún hoy en día ofrendas de flores y velas; pero también es cierto que muchas adolecen de un estado de conservación precario, de degradación y hasta de abandono, ellas cuyo cuidado y mantenimiento hasta finales del s. XIX corría, voluntariamente,  a cargo de los vecinos de cada barrio.  Asociadas en otros tiempos a una fuerte devoción religiosa, forman parte hoy del genuino patrimonio cultural del pueblo; convertidas en objetos de veneración con motivo de epidemias, peligros, amenazas  y episodios milagrosos como haber movido los ojos, o como agradecimiento por favores concedidos y anónimos, constituyen una espléndida muestra del arte popular, siendo algunas de ellas auténticas obras de arte.

A modo de ejemplo repararemos en una de estas aedicolae marianas  que, como veréis, sería imposible que les pasase desapercibida a los viandantes a causa de su ubicación a la altura misma de los ojos, a no ser porque queda eclipsada  por el extraordinario enclave donde se sitúa: la mismísima Plaza de Trevi, donde la Fontana es la auténtica protagonista;  es, sin embargo, de una belleza tan imponente que merece que nos detengamos a contemplarla.

Conocida como la “Madonna dell’ Archetto di Trevi”, está situada en el ángulo del Palacio Castellani  entre la via della Stamperia y la via del Lavatore; se trata de una imagen del s. XVIII pintada al óleo sobre yeso, apenas visible tras el cristal que la cubre.  Sin embargo, este precioso testimonio de la fe popular destaca por el efectista aparato que la rodea: sobre un  alto pedestal  dos jóvenes ángeles, elegantes y de gran tamaño flanquean la imagen, enmarcada por un fastuoso haz de rayos adornado de estrellas, al tiempo que sostienen sobre ella una guirnalda de flores. Por encima del conjunto sobrevuela un dosel o baldaquino repleto de cabezas de querubines con alas, mientras que sobre el podio, a los pies de los dinámicos ángeles,  hay una pequeña farola que descansa sobre una base de volutas de hierro forjado.
Se trata, en este caso, de una de las varias copias que  se diseminaron por toda la ciudad en recuerdo de un hecho extraordinario acaecido a una  de estas madonnelle, la Madonna dell’Archetto  de la via de San Marcello , en el mismo barrio de Trevi, aunque parece que no fue la única, cuando el día 9 de julio de 1796 se le empezaron a mover los ojos, lo que fue interpretado como funesto presagio de un acontecimiento político de gran relevancia  por los numerosos testigos que presenciaron el hecho. Por aquel entonces los Estados Pontificios estaban la amenaza de las tropas napoleónicas, lo que se confirmaría dos años más tarde cuando el general francés Berthier, amigo personal del emperador, entró en Roma el 10 de febrero de 1798 y cinco días más tarde apresó al papa Pío VI y se declaró la República Romana. Hoy,  esta legendaria imagen, obra del pintor boloñés Domenico Muratori en el año 1690, es venerada en el llamado “più piccolo Santuario Mariano di Roma”, la iglesia  de  Santa Maria Causa Nostrae Laetitiae.
Recuerdo con cariño como en nuestra última visita a Roma en abril del año pasado, una vez advertidos de su presencia, mis alumn@s no tardaban en localizarlas y en ayudarme a fotografiar todas aquellas que pudimos; quiero aquí, aprovechando la ocasión, expresarles las gracias, así como también agradecer a mi amiga y siempre fiel colaboradora, compañera de Arte en nuestro instituto, el precioso montaje que hizo con algunas de ellas y que encabeza esta entrada de hoy.
Sé que no son muchas fotografías las que os ofrezco, y a veces, su calidad no es la óptima para apreciarlas en toda su belleza; algunas fueron hechas a distancia, entre el gentío y el  tráfico terrible de Roma, sin apenas tiempo para enfocar, de camino a lugares de horario restringido y a donde nos dirigíamos con prisa. Con otras el encuentro fue de noche y os aseguro que algunos rincones de la Roma actual no disfrutan de más iluminación de lo que lo harían hace siglos. Con el fin de subsanar mi error, para quienes puedan estar interesados en admirarlas con mayor y mejor detalle, os facilito un enlace magnífico:
Espero y deseo, mis amables lectores, que este itinerario alla scoperta di Roma haya sido de vuestro agrado; a mí, os lo aseguro, me ha proporcionado el placer inmenso de recrear mi último viaje.

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