"Roma está llena de leyendas que lo único que pretenden es engrandecer aún más su historia. Es como si la vieja ciudad dudara de su belleza, y hubiera encontrado en el pábulo un alimento para sobrevivir, un método de rejuvenecimiento" Emilio Calderón
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domingo, 3 de febrero de 2013

La Fontana de Trevi (I): la venganza de un arquitecto



  
Al hablar de la Fontana de Trevi en Roma parecería  hasta imposible aportar algo nuevo a todo lo dicho ya de este archiconocido enclave de la Ciudad Eterna, lugar de visita obligada por ser uno de los lugares más espectaculares;  catapultada a la fama internacional desde que Federico Fellini  lo convirtiera en el escenario del mítico  baño nocturno de la exuberante Anita Ekberg  junto a Marcello Mastroianni en su película La dolce vita (1960) y  reproducida en láminas, fotografías, calendarios, pisapapeles y otros cachivaches de dudoso gusto, la famosísima Fontana de Trevi se ha convertido en todo un icono de la capital italiana.
En un intento por recorrer la historia real de esta monumental Fuente de los Deseos, empezaré por remontarme a sus orígenes romanos para terminar al fin con una de esas historias que tanto me gustan y que he dado en llamar, como este blog, “ se non è vero, è ben trovato".
Uno de los grandes problemas en época romana antigua era el abastecimiento de agua para la población; originariamente Roma se proveía de agua directamente del Tíber, con el peligro consiguiente de consumir agua contaminada. De ahí surge  la necesidad de traerla  desde lugares alejados de la urbe que garantizasen su perfecta potabilidad,  por tratarse de manantiales de agua pura, a través de acueductos construidos a partir de finales del s. IV a. C.
La leyenda nos cuenta que  en el 19 a. C. los  sedientos soldados del general Agripa, yerno del emperador Augusto,  fueron advertidos por  una virgen,  una  virgo, una joven  doncella,  de la presencia de un manantial de agua purísima a unos 22 km de la ciudad, que a partir de este momento proveyó el acueducto  llamado Aqua Virgo,  uno de los trece que hubo en la ciudad,  y que recorría un trayecto de más de veinte kilómetros , la mayoría de ellos bajo tierra. El momento en que la joven mostraba el lugar donde manaba el agua a las tropas romanas quedaría  reflejado,  años  más tarde, en la propia  fachada de la Fontana de Trevi.
 Estos acueductos, excelentes ingenios de la tecnología de la época,  fueron utilizados hasta la caída del  Imperio Romano, momento en que empezaron a caer en desuso por el abandono de su mantenimiento  hasta que en parte fueron destruidos en el año 537 d.C. , momento en que los godos asediaron Roma y destrozaron estas conducciones con el fin de rendir por sed fácilmente a los sitiados; en la Edad Media los romanos se vieron  obligados a aprovisionarse de agua extrayéndola de pozos contaminados y del propio Tíber, que simultáneamente era usado como cloaca; esto, lógicamente,  lo convertía en un foco de graves  infecciones y un peligro permanente  para la salud de los ciudadanos.
 Más tarde, durante el Renacimiento,  se revivió en Roma  la costumbre  de erigir una bella fuente al final de los acueductos que  conducían el agua a la ciudad y así,  en 1453,  el papa Nicolás V hizo reparar este acueducto  en cuyo término levantó una simple pila, obra de León Battista Alberti,  para recibir el agua.
El nombre de Fontana de Trevi procede de su situación, en la confluencia de tres vías (trivium),  aunque otra leyenda alude al nombre de la virgen romana  Trivia, responsable de su hallazgo,  como explicación;  escondida entre estrechas  calles, el efecto de su monumentalidad se hace más patente al visitante que se topa, de repente, con este gigante de travertino en una plaza que sorprende por su pequeño tamaño. Según uno se acerca  a ella, el rumor de agua anticipa su presencia pero la sorpresa que causa, de repente,  su espectacular  tamaño y apariencia impresiona sobremanera en ese juego de efectismo tan propio del Barroco; a mí, en particular, me gusta llegar a ella descendiendo desde el Quirinal, por un laberinto de callejuelas que potencia la experiencia del encuentro. La primera vez que la ves, no hay ojos para tanta belleza… y te sobran turistas en torno a ella; y es que la visites cuando la visites, un enjambre de personas se congrega a su alrededor, como si en ningún momento  del día ni de la noche  fuese a quedar desierta. Pero tal es su atractivo que te conformas con compartirla con la multitud, ¡qué remedio!
La Fontana, tal y como la conocemos hoy, es obra del arquitecto Nicola Salvi, después de que varios papas y varios proyectos antes tuviesen intención de construir una fuente monumental aquí, incluyendo uno del propio Bernini;  quien dio su aprobación al proyecto de Salvi fue  finalmente el papa Clemente XII, cuyo blasón es visible en la parte superior de la fuente  flanqueado a  cada lado por dos ángeles heraldos con trompetas, en un fenomenal  alarde propagandístico. La costosa construcción se demoró durante treinta años, de 1732 a 1762, y su arquitecto murió antes de ver concluida su obra; su delicada salud se vio resentida por  los constantes trabajos en los conductos subterráneos de agua donde la humedad hizo mella en sus problemas pulmonares crónicos. Habría de continuar la obra Giuseppe Pannini siguiendo los planos originales de Salvi, a quien se deben los relieves alusivos al legendario hallazgo del manantial de agua pura en la parte superior de la Fontana.
Una de las cosas que hacen a la Fuente de Trevi espectacular es su disposición literalmente “teatral”: como telón de fondo encontramos la fachada sur del Palacio Poli, un auténtico desconocido para los turistas, eclipsado por la grandiosidad de la fuente, al tiempo que en torno a ella, a modo de escenario,  se disponen gradas en semicírculo para que los asistentes puedan contemplar la gran representación de agua y piedra que constituye una de las obras cumbre del Barroco italiano. Pero veamos ahora quiénes son los actores y actrices principales de este derroche de imaginación en mármol travertino.

Océano o Neptuno en la Fontana (agosto 2010)

Una hermosa hornacina central se dibuja detrás del  gran protagonista, la figura majestuosa de un dios Océano o Neptuno, señor poderoso de los mares y las aguas,  que emerge en una gigantesca concha de la que, a modo de carro,  tiran a ambos lados dos caballos marinos, uno encabritado y el otro tranquilo,  acompañados de dos figuras de tritones que intentan dominar a los corceles; estos, a su vez, representan los estados del mar, ora embravecido y violento, ora calmado y plácido, de cuyas riendas se ocupan seres del cortejo marino, mitad hombres, mitad peces, a los que se acostumbra a presentar soplando en conchas que les sirven de trompa, como podemos observar  en la figura de la derecha. La figura del dios con la vestimenta al viento, entre las magníficas formaciones rocosas naturales y los borboteos de las cascadas de agua, contribuye  a crear un espectáculo grandioso y festivo, un homenaje al poder salutífero y vivificador del agua como regalo de la Naturaleza; estas figuras son obra de dos escultores, Giovanni Maini,  quien las inició, y Pietro Bracci, que les dio fin;  la fuerza del Neptuno parece inspirada en el propio “Moisés” de Miguel Ángel, así como el corcel manso y apacible recuerda, sin duda alguna, el caballo de Bernini en la “Fuente de los Cuatro Ríos” de Piazza Navona, a la que la propia Fontana di Trevi abastece de agua.
A cada lado del majestuoso Neptuno se descubren dos hermosas figuras femeninas  de Filippo della Valle que dan forma en escultura a  las mismísimas palabras en latín de la inscripción del friso superior, bajo el blasón papal, con las que Clemente XII deja claro, en su propagandístico mensaje, su compromiso con la “Abundancia”,  COPIA, y la “Salubridad”, SALUBRITAS, a través de esta fuente:
CLEMENS XII PONT MAX
AQUAM VERGINEM
COPIA ET SALUBRITATE COMMENDATAM
CULTU MAGNIFICO ORNAVIT
ANNO DOMINI MDCCXXXV PONTIF VI
Tritón con caballo marino a la derecha de  la Fontana (agosto 2010)

Se trata de un programa iconográfico interesantísimo que vale la pena examinar detalladamente. A  la derecha podemos contemplar  a una joven mujer elegantemente vestida con delicados plegados;  se trata de Higía o Salus,  que  porta en su mano izquierda una lanza mientras en la derecha sostiene una copa por la que se enrosca una serpiente. Era esta diosa Higía  en la mitología griega la personificación de la Salud, la personificación de la higiene como práctica terapéutica preventiva,  y con frecuencia es considerada una de las hijas de Asclepio, dios de la Medicina; la diosa  Salus en Roma no es sólo la personificación de la Salud , sino, en general, la de la “conservación”, y, curiosamente, en tiempos  poseyó un templo en un lugar muy próximo a la Fontana, el Quirinal. Hoy en día esta copa o cáliz con una serpiente enroscada a su alrededor es universalmente considerada como símbolo de la profesión farmacéutica.
Alegoría de la Salubridad en la Fontana (agosto 2010)

A la izquierda del dios del mar descubrimos otra delicada escultura de mujer , alegoría de la Abundancia; a sus pies, de un cántaro mana agua y con las dos manos sostiene una Cornucopia, el  Cuerno de la Abundancia o de Amaltea, la ninfa nodriza de Zeus cuando era niño; cuenta la mitología que un día, mientras jugaba, Zeus quebró  un cuerno de la cabra que le suministraba la leche y se lo regaló a Amaltea con la promesa de que este se llenaría milagrosamente  de todos los frutos que deseara. De ahí la representación de un cuerno del que salen flores y frutos, símbolo omnipresente en lugares de toda  Roma.
Alegoría de la Abundancia en la Fontana (agosto 2010)

Sobre el conjunto escultórico encontramos una clara referencia a los orígenes míticos de la Fontana; dos relieves muestran sobre las figuras femeninas, a la derecha, el momento en que la joven virgen muestra a los soldados de Agripa el manantial, y, a la izquierda,  el general Agripa en persona examina y aprueba los planos de la obra. Y aún por encima de todo el grupo, junto a la inscripción del papa Clemente, cuatro esculturas femeninas, dos a cada lado, representan las Cuatro Estaciones.
Hoy en día las  cristalinas aguas de la Fontana de Trevi que, según alguna leyenda local, en otros tiempos  aseguraban a las romanas el amor de sus amados tras beber estos un sorbo, no son potables; la fuente se somete periódicamente a trabajos de limpieza, pulido y  desinfección con cloro para evitar la proliferación de microorganismos en el agua. Pero es posible  probarla, y confieso que es deliciosa, si acertamos a dar con los caños de unos surtidores dispuestos a ese fin; están ubicados, aunque poco visibles entre el gentío,  a la derecha del monumento junto a una farola y en las escalinatas, también a mano derecha,  que bajan hacia el borde de la pileta donde todos los turistas  se disponen a asegurarse el regreso a la Ciudad Eterna al módico precio de una moneda, eso sí, cumpliendo estrictamente con el ritual de arrojarla con la mano derecha sobre el hombro izquierdo y siempre  de espaldas a la fuente. Pero el origen de esta tradición, así como alguna otra curiosidad más  sobre la Fontana, que estoy segura que será de vuestro agrado, prometo que será  el tema de mi próxima entrada, porque esta me está saliendo ya demasiado larga.
Como comenté al principio de la entrada, Nicola Salvi no vivió para ver concluida su obra; pero sí se aseguró, antes de su muerte, de hacer eterna una pequeña “venganza”. Y así llegamos a esa otra historia discutiblemente vera, pero que espero que  resulte  para quien no la conozca bèn trovata y explicativa de un elemento  insólito que lo cierto es que sí existe, lo cual da verosimilitud a la leyenda.
Sobre la balaustrada que  circunda la Fontana, en su lado derecho, justamente en el ángulo con la  Via della Stamperia, está esculpida  una  enorme vasija de travertino, visible  desde la calle, pero imposible de ser advertida desde la misma fuente ya que en esta  posición su aspecto queda mimetizado con la estructura rocosa; su aspecto recuerda, cuando se la contempla, el símbolo correspondiente al As de Copas de la baraja española, de ahí que a este extravagante objeto se le conozca en Roma como L’Asso di Coppe. 

L'Asso di Coppe de la Fontana de Trevi (abril 2012)

 Y la pregunta lógica  de qué hace ahí surge inmediatamente  y aquí es donde se revela la curiosa explicación; cuentan que durante los trabajos de construcción de la Fontana el arquitecto Nicola Salvi se veía constantemente molestado por los comentarios de un barbero criticón y pedante cuyo establecimiento estaba situado precisamente frente  a ese lugar de la baranda y donde a diario el artista acudía para ser afeitado. Exasperado por las continuas críticas del insufrible rapabarbas sobre su hermosa Fontana, Salvi tomó la decisión de impedirle la vista de su obra y en una noche hizo construir la enorme vasija, que le ocultó por completo la perspectiva desde la fachada de su barbería y le privó así  para siempre  de la belleza  de su magnífica fuente como venganza  ad aeternum.  Yo misma he comprobado in situ que resulta imposible disfrutar del espectáculo de la Fontana desde allí  e invito a mis amables lectores a hacerlo ellos mismos cuando tengan oportunidad; hoy ya no existe la barbería, aunque dicen que hasta no hace mucho sí hubo una, pero lo que yo pude ver fue tan sólo el local  de una vieja mercería y otro bajo junto a este con una persiana metálica bajada y un toldo-letrero, “Stampe Cornicsouvenir”. Corresponden, respectivamente,  a los números 83 y 84 de la Via della Stamperia, un poco más allá de una antiquísima farmacia, la Farmacia Pesci,  fondata nel 1552, como reza en su fachada, y de la conocida tienda de calzado  “Angelo”, datos que ayudarán a localizar más fácilmente el lugar para quien se anime a las pesquisas.
Sea o no cierta la leyenda, el caso es que es difícil explicar la extraña presencia de este elemento  que nada tiene que ver con el tema de la fuente y que no encuentra tampoco  correlato en el lado izquierdo de la balaustrada; en cuanto a lo que significa o pudiera representar, también aquí se apunta  una explicación que vendría a corroborar  la misma historia del fígaro maledicente ya que quizá se trata de la bacía o recipiente donde el barbero “montaba” la espuma de jabón para su trabajo.
Y por hoy hemos llegado al final de esta Historia con  “historia”, que dejo a vuestro criterio decidir si es vera, o si, por lo menos,  ha sido ben trovata;   tan sólo me queda daros las gracias, amables lectores, por vuestra paciencia y  espero reencontrarme con tod@s vosotr@s en la próxima entrada sobre esta inagotable Fuente de historias que es la Fontana de Trevi.





domingo, 26 de febrero de 2012

UN RIACHUELO, DOS ARCOS, UNA IGLESIA Y UN ATENTADO.

En el valle formado por el Velabro, el antiguo río que después de atravesar el Foro desembocaba en el Tíber, nos encontramos uno de los lugares más interesantes y de mayor conexión con el pasado legendario de Roma; esta zona, en la Antigüedad pantanosa e insalubre al pie del Palatino, junto al Tíber, fue identificada como el lugar donde, como narra Tito Livio, fueron abandonados los gemelos Rómulo y Remo y desempeña un papel fundamental en la fundación de Roma. Este lugar se halla muy próximo a la salida de la Cloaca Máxima, una obra magna de saneamiento de las depresiones de la ciudad, iniciada por Tarquinio el Viejo y continuada por los monarcas posteriores; formaba una red de alcantarillas que drenaban todas las aguas subterráneas de la ciudad intentando evitar el peligro constante de las inundaciones y todavía hoy desde las inmediaciones del Puente Palatino  podemos ver su salida al río.

La Cloaca Máxima en la actualidad
Este lugar donde se entrecruzan la historia y la leyenda es rico en tesoros arqueológicos y artísticos, pero desdichadamente, como hemos comentado en otras ocasiones, se ve excluido de los itinerarios turísticos habituales; he de reconocer que es una suerte poder pasear y disfrutar de este magnífico rincón al amparo de “invasiones bárbaras”. Aprovechemos este momento de soledad para conocer lo que guarda y lo que nos aguarda.
Cuando uno camina por el Foro, lo sorprende la grandiosidad de tres grandes Arcos, así, con mayúscula, todos ellos famosos y mil veces fotografiados: el Arco de Constantino, próximo al Coliseo; el Arco de Tito, cuyos relieves tienen como tema la victoria sobre los judíos;  y el Arco de Septimio Severo construido para conmemorar las victorias del emperador sobre los partos. Pero el Foro no es el único lugar que ostenta este privilegio; también aquí, en la vieja  zona del Velabro nos encontramos con dos  Arcos extraordinarios: el Arco de cuatro caras de Jano y el Arco degli Argentari o Arco de los Argentarii.
El Arco de Jano, un monumental  arco cuadrifronte, está fechado en el s. IV d. C. y construido en honor al emperador Constantino por  su hijo Constancio II; marcaba el cruce de cuatro vías importantes e indicaría probablemente  los límites del Foro Boario. Con sus potentes  16 m. de altura y 12 m. de ancho, tiene cuatro pilares recubiertos de mármol que soportan una bóveda de crucería y  en su parte externa presenta dos hileras de nichos en forma de concha que parecen haber contenido pequeñas estatuas; en su ático,  del que no se ha conservado nada, se construyó  en la Edad Media una fortaleza  y  hasta hay quien dice que pudo haber estado rematado por una pirámide. Las cuatro claves de los arcos están esculpidas con figuras que representan  a Roma (representada como una diosa)  y Juno, sentadas, y,  de pie, a Minerva y Ceres. Más que un arco, podría tratarse de una gran puerta que sería utilizada por los comerciantes de la época para guarecerse de la inclemencias del tiempo y, de hecho, en su parte sureste se halla una puerta que permite acceder  a los niveles superiores. 

Arco de Jano
 Muy próximo a este Arco de Jano, en la Piazza di San Giorgio in Velabro, hay otro arco, probablemente otra puerta de entrada al mercado, decorado con riquísimos y variados relieves,  elaborados motivos vegetales que lo cubren  casi por completo; dedicado el a. 203 d. C. por los ganaderos y banqueros, llamados estos últimos argentarii (de ahí el nombre del arco), a Septimio  Severo y Caracalla, y a sus esposas, y a Geta, cuya figura fue borrada posteriormente; las inscripciones del arco fueron objeto también de la damnatio memoriae, eliminándose los nombres de Geta y de Plautilla Fulvia, la desdichada esposa del emperador Caracalla. Con más de seis metros de alto y más de cinco de ancho, en él se representan el sacrificio de un toro, una figura masculina que probablemente representa a Caracalla , Septimio Severo con su esposa , Julia Domna, a  Hércules con la piel del León de Nemea, a dos soldados con un prisionero… El arco está adosado a la iglesia de San Giorgio in Velabro, de la que hablaremos ahora mismo, pero dejad que os cuente una última curiosidad : una leyenda que dice que en él había un tesoro escondido, lo cual animaba a los imprudentes a subirse sobre él, martirizando al pobre arco con agujeros en los que introducían clavos de madera; y hablo en pasado porque en la actualidad tanto el Arco degli Argentari como el Arco de Jano están rodeados de altas rejas  que impiden acercarse a ellos, salvaguardando así su integridad de actos vandálicos.

Arco degli Argientari
La iglesia de San Giorgio in Velabro, San Jorge en el Velabro, es una auténtica joya que yo tuve la oportunidad de descubrir un caluroso mediodía de agosto en la más absoluta de las soledades, vacía de personas, desnuda de ornamentos inútiles,  iluminada tan solo por la luz que entraba del exterior, agradablemente fresca en medio de aquel calor,  prístina, original, bellísima… Construida alrededor del s. VII, bajo el pontificado de León II, fue primero dedicada a San Sebastián,  mártir del que se dice que después de haber sido asaeteado, fue recogido por sus amigos y  curó de sus heridas; no huyó de Roma, sino que se presentó ante el emperador para reprenderle su conducta  tras lo cual fue condenado  a ser azotado hasta la muerte; con el fin de evitar que le diesen sepultura, los soldados arrojaron su cuerpo a la Cloaca Máxima justamente en este punto, identificado precisamente con la zona donde está la iglesia y  a la que los romanos llamaban la “marrana di San Giorgio” por razones obvias. Este episodio quedó inmortalizado en el cuadro de Ludovico Carracci “San Sebastián”, que se guarda en el Museo Paul Getty de Los Ángeles, en EE UU,  y que podemos admirar en este enlace: http://www.padulcofrade.com/monograficos/san_sebastian/iconografia/pintura_s_xvi/carracci.jpg 
Más tarde, en el s. VIII el papa Zacarías trajo desde Capadocia a Roma, a este templo,  el cráneo de San Jorge, martirizado durante las persecuciones de Diocleciano, y se le cambió el nombre a la iglesia, localizada además en una zona desde antiguo habitada por la comunidad griega de Roma. Es muy probable que para su construcción se reutilizasen estructuras de muros preexistentes, algún edificio civil y una diaconía, lo  que en la iglesia primitiva constituía un lugar de práctica asistencial a los pobres  y enfermos; esto  podría explicar que la planta de esta iglesia es bastante irregular como consecuencia de las sucesivas transformaciones en distintas fases históricas.
S. Giorgio fue objeto de sucesivas  labores de restauración desde el  s. IX con Gregorio IV; a mediados del s. XIII se construyó el pórtico, como regalo del prior Stefano di Stella, con una bella inscripción en caracteres góticos sobre el entablamento, y es posible que en esta época tuviese lugar la erección del airoso   ”campanile”, un  campanario de estilo lombardo, de cinco pisos, que fue reconstruido después de haber sido alcanzado en 1837  por un rayo que dañó gravemente su estabilidad.
 En el interior, a Pietro Cavallini y su escuela se le atribuyen las hermosas  pinturas del ábside de la iglesia (s.XIII), donación del cardenal Giacomo Gaetano Stefaneschi,  y  destaca en el presbiterio, cubriendo el altar, un magnifico ciborio o baldaquino cosmatesco.

Baladaquino (agosto 2010)
Fresco del ábside (agosto 2010)





















Entre los años 1923 y 1926  la Sopraintendenza ai Monumenti di Roma llevó a cabo radicales intervenciones con el fin de restituir a la iglesia su aspecto medieval, librándola así de los añadidos que las sucesivas fases históricas habían dejado sobre ella y devolviéndole su apariencia original. La desnudez del templo nos habla de la Edad Media, cuando era conocida como “San Giorgio alla fonte” ya que en sus proximidades brotaba aqua virgo ( l’ Acqua Argentina), que se unía a las aguas residuales de la Cloaca Máxima.
En el pórtico de esta iglesia el viajero avispado podrá ver fragmentos de unas  inscripciones ; se trata de los restos  originales de la dedicatoria del Arco de Jano al emperador  Constantino que allí se conservan.
Fue en la medianoche del 27 de julio de 1993  cuando la iglesia sufrió un terrible atentado con coche-bomba,  probablemente perpetrado por la mafia, que destruyó por completo el pórtico y abrió una enorme brecha en el muro principal, aunque afortunadamente no se produjeron víctimas mortales; se llevó a cabo una imponente labor de reconstrucción que  le devolvió su aspecto original, aunque se dejó algún detalle deliberadamente sin restaurar como recuerdo del  acto de barbarie.
Es San Giorgio una iglesia genuinamente primitiva, no tocada por elementos barrocos como otras muchas de Roma, lo que le ha permitido conservar su atmósfera original y que nos transporta en su visita a los primeros momentos de la Roma cristiana; todo esto la convierte en una de las iglesias más interesantes y hermosas de Roma cuya visita resulta obligada para todo aquel que desee entrar en contacto con los tesoros que guarda con sigilo la Ciudad.

Interior de San Giorgio (agosto 2010)

Y hasta aquí ha llegado hoy nuestro paseo, iniciado desde las orillas de un río cuyas aguas nos sumergen en la leyenda para  llevarnos después por otras etapas históricas  de Roma también sugerentes y siempre interesantes;  sólo me queda  el deseo de  haber sabido desempeñar con eficacia mi papel de “cicerone”.
Mille baci!

lunes, 30 de enero de 2012

EL RÍO TíBER: EL ALMA DE ROMA

Curso del río Tíber (agosto 2010)
Desde antiguo el curso del Tíber ha definido el paisaje urbano de Roma; cruzado por numerosos puentes, desde aquel “Ponte Sublicio”, de madera, construido por orden de  Anco Marcio,  el río ha articulado la vida de la ciudad y de sus ciudadanos en ambas orillas, confiriéndoles un carácter particular y estableciendo entre ciudad y río un vínculo indisoluble.
Podemos remontar los orígenes de Roma hasta el s. VIII a. C., una fecha que se ve  confirmada no sólo por la tradición, sino también por  las excavaciones arqueológicas. De hecho, en las colinas que rodean Roma existen restos de comunidades bien asentadas anteriores al s. VIII,  pequeñas aldeas de granjeros y pastores que habitaban sencillas chozas con techo de paja, del tipo encontrado en las excavaciones del Palatino. Es la posición especialmente favorable de esta colina la que  precisamente le permitió dominar a las demás; además se unía su doble estratégica localización: su situación cerca del recurso más vital y precioso, el río Tíber, navegable hasta Orto, y la imposibilidad de vadearlo hacia la isla Tiberina  por ningún otro sitio  practicable que no fuese por este. El control de esta zona ofrecía una ventaja indiscutible sobre cualquiera que, intentando alcanzar las ciudades etruscas del norte, viniese desde Campania; también por esta ruta la sal era transportada desde las marismas del sur del Tíber por los sabinos, y del término latino sal, salis, “sal”, deriva su nombre, la Via Salaria. De hecho, muchos historiadores vinculan este camino y el comercio de la sal con la fundación de Roma, confirmando así su importancia fundamental desde época prehistórica.
Cerca del río surgió seguramente el primer mercado de Roma, que pronto se transformaría en punto de reunión y núcleo de actividad comercial importantísimo y el puerto del Tíber, el Portus Tiberinus,  llegaría, con su enorme crecimiento, a definir incluso la vida de la ciudad. La zona situada entre el río y las colinas del Capitolio, el Aventino y el Palatino fue siempre muy importante; este área, que era una marisma, fue reclamada, según cuenta la tradición, por los reyes etruscos y es muy posible que los griegos utilizasen la zona en el s. VIII a. C., como parecen confirmar algunos descubrimientos.
El Tíber ha sido y es el alma de Roma;  hasta en el topónimo de la ciudad está implícito el espíritu del río. La etimología de “Roma” presenta todo un abanico de hipótesis, desde la que la relaciona con  una corrupción de Rumon, el primitivo nombre etrusco del Tíber, a la explicación “itálica”, según la cual procede de Ruma, que en osco significaría “ubre, mama” o “colina”, pasando por Roma o Rhome (con esta ortografía, derivada del vocablo griego que significa “fuerza”), nombre de una heroína que habría sido la epónima de la ciudad, según algunos una cautiva troyana o incluso esposa de Eneas Todas estas teorías cuentan con sus defensores y objetores, y para quien desee adentrarse en sus procelosas aguas dejo este interesante enlace:
Lo curioso es que estos tres posibles orígenes convergen en el mito: el héroe troyano Eneas, hijo de la divina Afrodita y, por tanto, del mismísimo Zeus, cuyos descendientes, los gemelos Rómulo y Remo,  fueron arrojados en una canasta al  río Tíber y milagrosamente recogidos por una loba recién parida que los amamantó.

Detalle de Rómulo y Remo (agosto 2010)
 También en esta leyenda desempeñan un papel muy importante las repentinas crecidas del río, bien conocidas y temidas por los romanos desde antiguo, y de las que ya nos habla Tito Livio en el libro I de su Ab urbe condita.  Cuenta el historiador que Ascanio, hijo de Eneas, fundó una ciudad, Alba Longa, al pie de las colinas Albanas; fue sucedido por su hijo Silvio y este sobrenombre de “Silvio” fue común a todos los reyes, cada uno de los cuales sucedió a su padre. A la muerte del último rey, Procas,  entre  sus dos hijos surgió una rivalidad tal que Amulio, inicialmente excluido del trono, expulsó a su hermano y se apoderó de la corona; bajo el pretexto de honrar a su sobrina Rea Silvia, la consagró como sacerdotisa Vestal dejándola sin posibilidad de descendencia. Violada por el dios Marte, Rea Silvia dio a luz gemelos, Rómulo y Remo, que fueron arrojados al río; una oportuna inundación impidió que la canasta con los niños, expuesta junto a una higuera, llegase al curso principal y quedase varada en tierra firme, donde una loba sedienta, atraída por el llanto de los niños, los lamió y los amamantó. Fueron entonces recogidos por un pastor, Fáustulo, quien se  los llevó a casa a su esposa Larentia para que los criara; y se dice que quizá a Larentia, a causa de su vida poco honesta, se hubiera puesto el nombre de “loba”, dando así origen a la maravillosa leyenda. De este modo la Loba se convirtió en el símbolo de Roma y una hermosa escultura del animal, de controvertida datación, con el añadido posterior de los gemelos, es exhibida con orgullo como una de las “joyas de la Corona” de los Museos Capitolinos.
Loba Capitolina (agosto 2010)
 Hoy en día el Tíber está canalizado, desde que a finales del s.XIX se le construyeron altos terraplenes para poner fin a los frecuentes desbordamientos, acabando así con un problema endémico. Varios emperadores, entre ellos, Augusto, Trajano y Aureliano, ya habían planeado y puesto en marcha diversas medidas para acabar con estas periódicas y devastadoras inundaciones del río cuyas caprichosas crecidas convertían algunas zonas en fangales insalubres infestados de mosquitos,  al arrastrar  lodos amarillentos que le dieron el pintoresco nombre de Biondo Tevere, el rubio Tíber.
Los antiguos romanos honraron al Tíber como a un dios; el poeta Virgilio lo describe en la Eneida como el Pater Tiberinus, que se presenta a Eneas  bajo la apariencia de un anciano y le exhorta a cumplir su alta misión. Es así como podemos verlo representado en la escultura que se conserva en el Louvre de París:
Hoy todavía podemos observar, con un poco de imaginación, la extensión fangosa, el estanque fluvial donde Fáustulo, el pastor,  habría recogido, al pie de la ficus Ruminalis, la higuera Ruminal, a los gemelos abandonados a su suerte,  después de haber sido rescatados y amamantados por una loba;  pero dejemos hablar al propio Tito Livio:

Ita velut defuncti regis imperio in proxima alluuie ubi nunc ficus Ruminalis est—Romularem vocatam ferunt—pueros exponunt. Vastae tum in his locis solitudines erant.
Ab urbe condita I, 4
San Giorgio in Velabro (agosto 2010)
Se trata un lugar próximo al Foro Boario, en la zona cruzada por un riachuelo llamado Velabro, cuyo cauce lograron los romanos domar y canalizar en tiempos de los antiguos reyes, en  donde hoy encontramos una de las más bellas iglesias de Roma, San Giorgio in Velabro, al amparo de las hordas de turistas. Sobre un antiguo “diaconado”, centro de distribución de comida se erigió esta iglesia dedicada primero  a San Sebastián,  y más tarde a San Jorge, mártir cristiano en Palestina en el siglo VII; pero es tan hermosa y está rodeada de tantas maravillas que merece que le dedique íntegra una próxima entrada.

Fachada de San Giorgio in Velabro (agosto 2010)
Es un auténtico placer pasear por este lugar haciendo el ejercicio mental de recrear la escena; es lo que tiene Roma, cualquiera de sus lugares es el espacio de un episodio legendario, como en este caso, o histórico. Conviene que el viajero interesado sepa ver con la imaginación más allá de lo que a simple vista parece ver con los ojos, porque el espíritu de esta ciudad se muestra tan sólo a quien pone el corazón en intentarlo.
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