"Roma está llena de leyendas que lo único que pretenden es engrandecer aún más su historia. Es como si la vieja ciudad dudara de su belleza, y hubiera encontrado en el pábulo un alimento para sobrevivir, un método de rejuvenecimiento" Emilio Calderón

domingo, 16 de diciembre de 2012

Un arco en tiempos de crisis: el Arco de Constantino.


Arco de Constantino. (agosto 2010)


A la situación de  terrible crisis económica  como la que padecemos en la actualidad no fue tampoco ajena la historia del Imperio romano,  en la que a periodos de bonanza le sucedieron otros de  brutal decadencia. Este será  el punto de partida para la entrada de hoy, que quiero dedicar a mi amiga y colega, profesora de Arte en el instituto,  pues  fue precisamente ella  quien me la sugirió durante nuestro último viaje a Roma el pasado mes de abril, mientras nos explicaba con detalle el Arco de Constantino;  este se alza imponente junto al Coliseo  y quien lo desee admirar  en su conjunto tendrá una  excelente perspectiva  si lo  hace desde el balcón-mirador de la primera planta del Anfiteatro Flavio, visión  que podrá completar  a ras de suelo para advertir los interesantes  detalles. Pero no adelantemos acontecimientos y empecemos nuestra  historia ab ovo y no in medias res, es decir, por el principio y no por la mitad.
En la mentalidad romana el arco llegó a cobrar tal importancia que se convirtió en un monumento  en sí mismo, el “arco de triunfo”;  es muy probable que  la idea de construir un arco tenga su origen en la tradición de celebrar  un triunfo, cuando después de una campaña o guerra victoriosa, se hacía desfilar oficialmente al general  vencedor con sus tropas atravesando una puerta simbólica, una Porta Triumphalis  como aquella de la que nos hablan las fuentes antiguas que había  en Roma, utilizada en ocasiones de cortejo triunfal o para ceremonias de particular relevancia como en el caso de los funerales del emperador Augusto, y  que todavía hoy se puede contemplar en  uno de los relieves de nuestro arco protagonista.
Relieve con la Porta Triumphalis (agosto 2010)

A la simple estructura arqueada se le añadió con frecuencia un aparato decorativo con columnas, arquitrabe y hasta un ático que serviría de apoyo de trofeos y cuadrigas; este conjunto perfecto constituye el elemento estético de este tipo de “arquitectura de propaganda”. De hecho, en época imperial, todos los arcos del mundo romano incorporarán la decoración en relieve como parte de un preciso programa propagandístico.
Son notabilísimos los ejemplos de arcos en el Foro romano:  el Arco de Tito, soberbio ejemplo  de un solo arco, construido en el 81 d. C.,  que elogia las victorias del emperador Tito sobre los judíos, y el Arco de Septimio Severo, un arco de tres vanos erigido en el 203 d. C. para conmemorar las victorias militares de Septimio Severo y sus hijos Caracalla y Geta contra los partos; este último llegó a  servir de inspiración para el arco de Constantino que ahora nos ocupa.
Estas construcciones pétreas propias del arte triunfal solían ser construidas ex novo,  pero  en ocasiones se reutilizaron monumentos ya existentes cuya decoración fue modificada para adecuarse al mensaje propagandístico que se quería transmitir; es de suponer que las condiciones económicas de cada momento fueron determinantes para la erección de un  arco totalmente nuevo o, por el contrario, para el reaprovechamiento de materiales anteriores expoliados de otros arcos, como sucede en el caso del arco de Constantino. Averigüemos ahora que sucedió con el protagonista de nuestra historia de hoy.
Desde el  s. III d. C., el Imperio Romano había comenzado a debilitarse como consecuencia de una aguda crisis política, agravada por los crecientes problemas económicos;  al final de las grandes conquistas que proporcionaban ricos botines y abundancia de esclavos se unió una disminución del comercio y un aumento desorbitado de los impuestos. Todo ello provocó una fuerte inflación, la moneda perdió todo su valor y el Estado se vio obligado a cobrar tributos en especies y servicios; es posible afirmar que los problemas económicos habrían comenzado en el s. II d. C. cuando mucha riqueza fue invertida en monumentos públicos con el fin de ganar prestigio.  El antiguo modelo económico del Imperio Romano sufrió tan radical trasformación que se debilitaron incluso los cimientos de la estructura de su, antes, poderoso Estado;  la devastación de las provincias, la fragmentación del  Imperio Romano y la pérdida de territorios donde el enemigo se instala de manera definitiva dañaron irremediablemente la capacidad productora del Imperio. Si a eso unimos que la anarquía militar mató la seguridad de las rutas marítimas y terrestres, provocando, como consecuencia, una crisis en los transportes que acarreará una doble parálisis en la actividad industrial y en la comercial, a la que se une como coadyuvante la reaparición de la piratería. En medio de este desorden general, de este desbarajuste universal que aumenta los gastos al tiempo que agota los ingresos, cada vez más mermados, la crisis monetaria, ya antes sensible, no hará más que acentuarse:  una inflación gigantesca que traerá consigo una subida desmesurada de los precios y una especulación intensa en la que se llega a especular con todo.
De este modo, la economía de todo el Imperio entró en una crisis tan profunda que podría ser catalogada de “crisis total” y de la que ya no sería capaz de levantar cabeza hasta su hundimiento; este ambiente general de calamidades  y desgracias por doquier quedan perfectamente reflejadas en las palabras del biógrafo del emperador Galieno:   “Jamás hubo menos esperanza de salvación”.
Asimismo, en medio de este contexto económico en declive,  en el terreno político  Constantino, quien en el 306 había sido proclamado emperador en Britania por las tropas allí destacadas,  hubo de librar durísimos combates con sus rivales hasta que se hizo con el control de Roma y  se aseguró  la posesión de todo el Occidente después de vencer a Majencio  en la batalla del Ponte Milvio en el 312 d. C.; su finalidad era reconstruir en provecho propio la unidad imperial.  Precisamente el arco de Constantino fue construido en honor a él en el 315 d. C para conmemorar esta batalla y para honrar al propio emperador en sus  Decenalia,  la fiesta que celebraba sus diez años de gobierno. Este arco de tres vanos, el central mayor y dos más pequeños  flanqueándolo, con seguridad se trata de un monumento más antiguo ; las últimas investigaciones demuestran que  Constantino pudo haber tomado como punto de partida un arco anterior, quizá uno de una sola puerta de la época Flavia, para transformarlo y modificarlo en uno de tres, y que algunos de los medallones  de Adriano podrían formar parte ya de ese monumento anterior.
El arco tiene tiene en  el  ático una inscripción alusiva al hecho histórico de su creación y  la mayor  parte de sus materiales fue saqueada de otros monumentos y arcos de diferentes lugares y épocas, en un momento en que se habían ya agotado las canteras de mármol.  Esto explica la dispar cantidad de elementos decorativos  de varia procedencia  que podemos encontrar:   en las caras norte y sur las esculturas de prisioneros dacios fueron  traídas del Foro de Trajano así como los paneles  también de la misma época procedentes originariamente de la Basílica Ulpia;  los ocho medallones de la época de Adriano pudieran proceder de un templo dedicado a Antínoo, el joven discípulo y favorito del emperador, con escenas de caza y sacrificios;  los ocho relieves  de Marco Aurelio que decoran el ático formaron parte , probablemente,  del  Arco Panis  Aurei que en el Capitolio conmemoraba las victorias  de este emperador sobre los germanos y en los que ¡el rostro fue retocado para hacer que se pareciese  a Constantino!
Queda  por resolver la pregunta de cuánto en el arco pertenece realmente a la época de Constantino;  también aquí los expertos han hallado la respuesta.  El proyecto, que fue concluido durante el mandato del emperador, seguía un plan único y muy preciso y tenía un mensaje muy claro que proclamar: Constantino es el centro de la historia del  Imperio,  convirtiéndose así a la vez en continuador y renovador de sus predecesores. A su época pertenecen la decoración de los pedestales, las enjutas de los arcos con Victorias aladas y deidades fluviales y estacionales, los frisos que corren por encima de los arcos menores y a media altura en los lados cortos, donde se narran episodios de la vida de Constantino, entre ellos la victoria del Ponte Milvio  con el emperador como protagonista,  y los dos medallones de los lados cortos.
Toda esta amalgama de elementos diversos  se distribuye, sin embargo,  de  una manera armoniosa y cuidadosamente estudiada; así en el lado sur, orientado hacia las afueras de la ciudad, se presentan episodios de guerra, mientras que en  el lado norte, hacia el Coliseo y el centro de la ciudad, encontramos episodios de paz y escenas de vida pública.
 El arco se convierte  de este modo  en una brillante síntesis de la evolución del relieve histórico romano que ilustra sus etapas más significativas; en palabras de John Fleming, “El Arco de Constantino casi podría haber sido diseñado para resistir como el  epílogo de los seiscientos años de historia del arte helenístico y romano”. Con el fin de situar los elementos citados, recomiendo consultar  este enlace:
Y, siguiendo en la línea de recomendaciones, no puedo dejar de aconsejaros, amables lectores,  la visita a una página excelente, tanto por sus magníficas fotografías en detalle como por sus textos, para ilustrar con todo lujo de detalles este arco y gracias a la cual he podido refrescar mis recuerdos y disfrutar  de toda su belleza:
Las profundas  transformaciones que se sucedieron en los terrenos de la política, de la economía y de la sociedad trajeron consigo también un cambio de mentalidad y de estética; se abandonan,  progresivamente  a partir del período de la anarquía militar y claramente ya en la época de Constantino, los elementos claves de la escultura clásica: el canon, el ambiente y el paisaje; frente a la gradación de planos para sugerir profundidad se recurre a un altorrelieve sin casi otros planos intermedios, a la isocefalia,  al drapeado simplificado y esquemático, a las composiciones  jerárquicas y simétricas frente a la mayor complejidad y naturalismo de la época anterior.
Medallones de Adriano y Friso de Constantino (agosto 2010)

A partir de ahora en el arte importa más un simbolismo claro y fácilmente legible antes que la precisión y la complejidad de épocas anteriores aunque esto suponga abandonar la belleza formal, con lo que se abre paso  a las formas de representación medieval.

domingo, 4 de noviembre de 2012

MEMENTO MORI.



Hace ya un año que inicié la aventura de este blog,  cuya redacción se vio, por motivos personales, interrumpida durante meses; es por ello que más que celebrar su aniversario, debo conmemorar hoy  su “renacimiento”, y es por esta razón, en consonancia con las fechas en las que nos encontramos, que elegí como título este , Memento mori, ‘Recuerda que has de morir’, frase que tiene su origen en las palabras  admonitorias que en las procesiones triunfales de los generales victoriosos en Roma un esclavo susurraba al oído del homenajeado mientras sostenía sobre su cabeza una corona de oro, una clara advertencia de que,  a pesar de que vivía un esplendoroso momento de triunfo, no debía  olvidar ni por un momento su naturaleza mortal:
Respice post te! Hominem te esse memento!
"¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre"
                                                                                                                    (Tertuliano, Apologético, 33)
Tiene, pues, como objeto esta entrada hacer un recorrido virtual por aquellos lugares de Roma que tienen una enorme carga simbólica, que recordaban y siguen recordando la fugacidad de la vida, la naturaleza mortal de los humanos. No son estos, evidentemente, los únicos; hay muchos, muchísimos diseminados por toda la Ciudad Eterna, pero sí son muy significativos en mi particular imaginario romano.
He de comenzar, como empieza siempre mi primera tarde en Roma, por la Cripta de los Capuchinos en la Iglesia de Sta. María de la Concepción, en plena Via Vittorio Veneto, la  calle que hizo archifamosa  Fellini con su Dolce Vita. El templo del s.XVII  es  de estructura sencilla y poco atractiva pero  esconde una cripta adyacente situada a la derecha antes de subir por las escaleras a la iglesia; un pasillo de unos sesenta metros se abre a cinco capillas donde puede contemplarse el abigarrado espectáculo de los huesos de unos 4.000 monjes capuchinos que fueron enterrados allí transformados en flores, guirnaldas, rosetas, lámparas , una clepsidra alada, estructuras arquitectónicas,  esqueletos enteros de monjes cubiertos con los hábitos franciscanos y hasta tres pequeños esqueletos infantiles en la última sala, todo ello en medio de  un exigidísimo profundo silencio y un penetrante olor a humedad. Pese a que hoy el lugar es tildado por muchos de lúgubre y macabro, era este un lugar de sepultura y reflexión, de oración y de introspección, donde los monjes acudían cada tarde antes de descansar:
Hic iacet pulvis  cinis et nihil, ‘ Aquí yace polvo, ceniza y nada’ reza la lápida del fundador,  el cardenal Antonio Barberini, que cubre el suelo de la iglesia en el piso superior.
Pero por raro que hoy pueda parecernos, la cripta está llena de referencias a la resurrección después del tránsito de la muerte, el  esperanzador consuelo cristiano más allá de la vida terrenal: un lienzo con el episodio bíblico de  la resurrección de Lázaro;  cráneos con omóplatos que hacen las veces de alas; uno de los esqueletos infantiles que  sostiene una guadaña en una mano mientras que en la otra una balanza para pesar las obras malas y buenas de los hombres y, como contrapunto, un reloj de esfera única como símbolo de la eternidad.
No están permitidas las fotos en este lugar,  pero propongo como alternativa su propia página web para  admirarlo: http://www.cappucciniviaveneto.it/cappuccini_spa.html
Otro de los lugares cuya visita apunto en este recorrido es sin duda uno de los más atractivos y curiosos, pero pasa desapercibido para la mayoría de los visitantes  por varias razones; la primera, porque se encuentra en  Santa María del Popolo, una de las iglesias más visitadas en Roma por la extraordinaria calidad de los Caravaggios que guarda, las espectaculares La conversión de San Pablo  y La crucifixión de San Pedro, ambas en la Capilla Cerasi, foco de todas las miradas. Compite también mi lugar con la extraordinaria Capilla Chigi, creada por el gran Rafael, con las originales tumbas de pirámides de mármol del banquero Agostino Chigi y su hermano, y que debe su creciente popularidad de los últimos años a la novela de Dan Brown, Ángeles y demonios, que la convirtió en uno de los escenarios de la trama; en esta hermosa capilla destaca un suelo de mármol diseñado por Bernini  con un motivo bien interesante: un esqueleto alado en cuya parte inferior figura una filacteria con las palabras Mors ad caelos, ‘La muerte hacia los cielos’, una perspectiva más positiva del inexorable  fin de la vida con la promesa de la salvación del alma.

Mors ad caelos

Después de admirar tal tesoro artístico en el interior de la iglesia, quizá el visitante advertirá al salir, en medio de una notable penumbra y a la derecha de la puerta, un escalofriante esqueleto de mármol de extraordinario realismo, cubierto con un sudario blanco y en actitud implorante, tras un artístico enrejado; de nuevo la finalidad de expresar  lo inevitable de la experiencia de la muerte. 

Memento mori, Sta. Mª del Popolo (agosto 2010)

Se trata de la tumba de Giovanni Battista Gisleni, figura italiana del Barroco, nacido  y muerto en Roma, que trabajó como artista polifacético para la corte polaca; pero lo que posiblemente sólo será advertido por un avisado viajero son los dos medallones de bronce colocados a ambos lados de esta Muerte enjaulada. El de la izquierda contiene la imagen de una crisálida con la inscripción In nidulo meo moriar, ‘En mi pequeño nido moriré’; en el de la derecha contemplamos a la mariposa abandonando el capullo, con la inscripción Ut phoenix multiplicabo dies, ‘Como un ave fénix  multiplicaré mis días’.

In nidulo meo moriar ... (agosto 2010)
Posiblemente sea otra versión, probablemente hebrea, del mismo versículo de Job 29:18, dicebamque in nidulo meo moriar et sicut arena multiplicabo dies’,  ‘Y dije: Moriré en mi nido y como arena multiplicaré mis días’. Para el cristianismo la mariposa es el alma que se desembaraza de su cuerpo terrenal y se transforma así en la imagen de la resurrección prometida; así puede explicarse y entenderse la inscripción grabada bajo el esqueleto como un lema:  NEQUE ILLIC MORTUUS, ‘Ni allí muerto’, la vida post mortem, la vida después de la muerte, la verdadera recompensa para el creyente.
No cabe duda de que este monumento funerario reúne todas las características para ser considerado una  auténtica catequesis visual, por la contundencia de la imagen y los elementos simbólicos que la rodean; merece, pues, la pena no perdérselo para vivir una auténtica experiencia barroca.
Trasladémonos ahora a un lugar visitadísimo,  la Basílica de San Pedro en el Vaticano; la grandiosidad del templo, la excepcional belleza artística que guarda, la constante marea humana  que lo llena…, quizá no hagan reparar en un curioso detalle. Hay en el corredor del crucero izquierdo una tumba muy interesante; se trata de la del papa Alejandro VII, en la que se muestra a la figura de un pontífice humilde, arrodillado en actitud de oración, sin la tiara, símbolo de su dignidad, y rodeado de cuatro alegorías, La Caridad, la Verdad, la Prudencia y la Justicia. Bajo el monumento funerario se abre la puerta de una de las sacristías del templo, tomada aquí en sentido metafórico como una entrada al Más Allá, una sensación que se acrecienta por estar medio cubierta por un cortinaje moldeado en  jaspe bajo el que emerge, con la cabeza escondida entre los pliegues, un enorme esqueleto de bronce, fantasmal y casi grotesco, que eleva hacia el papa en su mano derecha un reloj de arena que ya ha agotado su tiempo: Sic transit gloria mundi, ‘Así pasa la gloria del mundo’.  Es esta una advertencia clara para todos los hombres sin excepción  porque nadie, por rico o poderoso que sea, ni tan siquiera la cabeza visible de la Iglesia Romana podrá  escapar a su ineludible cita con la Muerte.
 Tumba de Alejandro VII, Bernini

Esta tumba de potente efecto teatral  que invita a la meditación es obra tardía de Bernini, uno de los últimos grandes trabajos  encargados por el propio Alejandro VII al artista; no fue, por supuesto, la única tumba papal que realizó. De hecho  hay otra anterior, también en San Pedro del Vaticano, el sepulcro del papa Urbano VIII;  en esta ocasión la estatua papal, bendiciendo , se muestra sobre su sarcófago  digna  y poderosa como un soberano invencible, investido y seguro de su autoridad, en bronce oscuro parcialmente dorado. Contrasta notablemente con las figuras alegóricas en mármol blanco que representan la Caridad y la Justicia; del sarcófago emerge un esqueleto alado , una personificación activa de la Muerte que escribe el nombre de Urbano en un enorme libro, la Muerte asumiendo el papel de la Fama inscribiendo el nombre del difunto en el Libro de la Eternidad.

Tumba de Urbano VIII, Bernini

Para terminar este recorrido iniciado he de volver al propio Bernini;  el gran artista barroco, el autor indiscutible de algunas de las más brillantes obras de la Historia del Arte Universal, el hombre que diseñó  magníficos mausoleos para papas y prohombres, tiene, sin embargo, como tumba para él y su familia tan solo una humilde losa de mármol  en el suelo en la Iglesia de Santa María la Mayor, a la derecha del altar. Sobre ella un escudo heráldico grabado y una breve inscripción de esperanza en la vida eterna, en consonancia con sus profundas convicciones religiosas:
NOBILIS FAMILIA BERNINI
HIC
RESURRECTIONEM EXPECTAT
‘La noble familia de Bernini  espera aquí la resurrección’

 
 Y una inscripción en el escalón superior  confirma el lugar con modestia infinita:
                  IOANNES LAURENTIUS BERNINI           
                  DECUS ARTIUM ET URBIS                
    HIC HUMILITER QUIESCIT
‘Juan Laurencio Bernini, orgullo de las artes y de Roma, aquí descansa con humildad’

Sirvan estas últimas palabras como colofón de esta entrada que, espero, amables lectores, haya sido de vuestro agrado.

martes, 1 de mayo de 2012

BRAVISSIMO, COMANDANTE!


Un viaje a Roma nunca defrauda aunque el comienzo del nuestro el día 11 de abril de 2012 quedase frustrado por un problema técnico-mecánico que nos obligó a una hora de retraso en la salida hacia Madrid desde el aeropuerto de Alvedro (A Coruña) y que, en consecuencia, nos hizo perder, ¡por los pelos!,  el enlace a Roma de las nueve de la mañana; como la siguiente  conexión con la capital italiana a las once y media tenía  ya “overbooking”( esa falaz fórmula en  inglés que cortésmente esgrimen las compañías aéreas para referirse al más castizo pero mejor entendible “sobreventa”),   no fue posible reubicarnos en ese vuelo y nos obligó a permanecer hasta las cuatro de la tarde en el aeropuerto, eso sí , todo hay que decirlo, previa cortesía del desayuno y la comida para hacer más llevadera una espera que, con la de planes bien planeados que teníamos para nuestra primera tarde en Roma, se antojaba desesperante.  Aun  así, reinó el buen humor en el grupo, porque ya se sabe que los gallegos somos expertos en eso de “A mal tiempo, buena cara” y nos consolamos ¡hasta celebrando en la terminal de Barajas el cumpleaños de una de nuestras alumnas, con bizcocho y velas incluidos!
Pero lo que terminó por reconciliarnos con Iberia fue la persona del piloto del vuelo IB 3678 que nos trasladó a Roma, don Ángel  Aznárez,  que nos sorprendió  con sus amenísimos, divertidos e interesantes apuntes histórico-artísticos sobre los lugares que en cada momento estábamos sobrevolando: Cuenca y su magnífica catedral gótico-normanda;  Sagunto  y el intrépido Aníbal; Valencia y sus múltiples bellezas; las Baleares hasta con su puntito de papel “couché”; Córcega y Cerdeña, con la inevitable referencia al “Pequeño Corso”; el Lago de Como y la boda de Tom Cruise,  y, por supuesto,  Roma, de la que nos pronosticó que, pese a que por la mañana el tiempo había estado un poco “tontorrón”, por la tarde sería “ma-ra-vi-llo-so”, como así sucedió. Todo esto, sucesiva y galantemente, en castellano, inglés e italiano, para poder ser entendido por un pasaje absolutamente entregado a sus excelentes comentarios que nos hizo aterrizar en el aeropuerto Leonardo da Vinci con una amplia sonrisa puesta en los labios.
Amabilísima ante nuestras preguntas la azafata, doña Eider Iturrieta, a la que pedimos que le trasmitiese al comandante nuestra felicitación por tan bien documentados datos,  nos informó del siempre afable y cordial carácter del piloto que tenía por costumbre  no sólo amenizar las tediosas horas de vuelo con estos interesantísimos comentarios, sino facilitar siempre la labor del personal de abordo en el trato con los pasajeros al implicarse él mismo en esta tarea, un “plus” sin duda para todos e incluso para la compañía aérea en cuestión, sobre todo, después de los sinsabores a los que nos tiene acostumbrados.
De ese talante caballeroso tuvimos buena prueba al final del vuelo cuando con enorme amabilidad correspondió con un expresivo  saludo a nuestro agradecimiento por habernos hecho tan grato el viaje; a mi sugerencia de que había echado en falta una referencia a la fundación de Roma, Rómulo y Remo incluidos, me explicó que este episodio mítico-histórico lo reservaba  para los vuelos a Estambul, cuando sobrevolaba la península italiana, lo que me congratuló muy gratamente.
Por todo ello, no puedo por menos que, en nombre de todo el grupo y en el mío propio, decir: “BRAVISSIMO, COMANDANTE!” ; ha sido un placer este mi sexto vuelo a Roma y espero que nos podamos encontrar en algún próximo vuelo.
Tras el trayecto al hotel en compañía de un amable y conversador “autista” (conductor de autobús en italiano), llegamos a nuestro hotel,  un correcto tres estrellas próximo a la Ópera de Roma, tranquilo y aseado,  en el que repetíamos por segunda vez; fue una rápida instalación en las habitaciones porque nos esperaba  un paseo por la Vía de las Cuatro Fuentes hacia el Quirinal, que nos ofreció un bello anochecer, para terminar delante de la “Fontana de Trevi”, el broche de oro de una jornada que comenzó  complicada  pero que finalmente se arregló.

Fontana di Trevi de noche (11 de abril de 2012)
Cumplimos con la tradición de echar una moneda en la Fuente para asegurarnos el regreso a la Ciudad Eterna (y hay hasta quien lanzó una segunda y una tercera para que se cumplieran sus “románticos” deseos), aprendieron mis alumn@s a beber “como roman@s” en las fuentecillas de este  Aqua Virgo y, después de la cena en una pequeña “trattoria” próxima, tomamos contacto, allí mismo,  con otra de las maravillas que  Roma nos ha legado, “il gelato”;  mientras admirábamos la bellísima Fuente y, tengo que decirlo, “aguantaban como jabatos” mis explicaciones, las históricas y también las del tipo “Se non è vero...” nos envolvían el murmullo del agua ....y los flashes de las cámaras de una multitud de turistas  que quería inmortalizar la ocasión.

"Gelati" junto a Trevi (11 de abril de 2012)
¡Por fin estábamos en Roma!

jueves, 5 de abril de 2012

¡ÉCHAME MÁS ALLÁ ESE OBELISCO! (O ALGO PARECIDO DEBIÓ DE DECIR SIXTO V)

El obelisco de la Plaza de San Pedro (agosto 2010)
La entrada de hoy sigue la estela de la anterior, dedicada a Julio César, pero al mismo tiempo es de esas que justifican ampliamente el título de este blog, que una historia falsa puede resultar muy buena si está bien contada; ¡y  no digo nada si, como en este caso, la historia falsa es CUÁDRUPLE!  Como, supongo, haber  excitado la curiosidad de mis lectores, haciendo caso al refrán latino Coepisti, perfice, “Lo comenzaste, acábalo”, empezaré por el principio.
Roma bien puede ser llamada “la ciudad de los obeliscos”; dieciocho de estos gigantes  de piedra con forma de pilar cuadrangular, montados  muchas veces sobre una base prismática y rematados en su parte superior por una punta piramidal llamada piramidión, pueden verse diseminados por la ciudad, pero, en contra de lo que pueda pensarse, su ubicación no responde ni a la casualidad ni al capricho, sino a una estratégica ordenación del urbanismo romano.  De ellos ocho provienen del Antiguo Egipto y habían llegado a Roma casi como “souvenirs” de la conquista de Egipto, en su mayoría en época imperial; otros cinco son copias romanas antiguas que o bien fueron encargados en el Egipto del periodo romano por romanos ricos, o bien son copias de  antiguos originales egipcios. Otros cuatro son obeliscos modernos y un quinto, un obelisco etíope, el de Aksum, que estuvo ubicado en la plaza de Porta Capena, fue devuelto a Etiopía en 2005.
Los  antiguos obeliscos eran una de las tres formas  conmemorativas  fundamentales del antiguo Egipto junto con las pirámides y las esfinges; asociados al culto del dios solar Ra,  fueron objeto de un laborioso trabajo de extracción de la cantera,  de  un complicado sistema de transporte hasta el lugar deseado y  de una aún hoy desconocida y compleja  maniobra de erección. Los romanos construyeron enormes barcos ad hoc para trasladarlos al puerto de Ostia y de ahí hasta  Roma, reproduciendo, suponemos, el mismo sistema empleado en Egipto que obligaba a un esfuerzo infinito que no siempre culminaba con el éxito esperado: muchos de ellos terminaron partidos en varios pedazos. Pero hubo uno que se erigía entero e intacto en Roma aún en el siglo XVI, el más grande de una sola pieza fuera de Egipto; en el año 37 o 40 d. C. fue llevado a la ciudad por  orden  del emperador Calígula, desconociéndose  qué faraón de la V Dinastía lo mandó construir por carecer de jeroglíficos. Este coloso de granito,  de 28 m. de altura hasta el  piramidión y 361 toneladas de peso, estaba emplazado decorando la spina del Circo de Nerón, al pie del Monte Vaticano,  donde la tradición cristiana decía que había sido martirizado San Pedro y sepultado a poca distancia del lugar de su martirio; en lo alto de su piramidión había una bola dorada jamás abierta y desde la Edad Media se creía que contenía las cenizas de Julio César, y he  aquí que  nos topamos con la primera de nuestras no siempre ciertas historias. Calígula lo había dedicado al Sol y a la memoria de los emperadores Augusto y Tiberio, detalle que conocemos por la inscripción que figuraba en su pedestal.
 La segunda y la tercera  nos trasladan al papado  de  Sixto V ( de 1585 a 1590, de quien se decía que había sido elegido pontífice tras engañar a los demás cardenales del cónclave haciéndoles creer que era un hombre endeble y achacoso, de voz  apenas  audible,  que caminaba con muleta a causa de su precaria salud y que sería, por tanto, un hombre  manipulable y de escasa permanencia  en el silla del Pescador;  tan pronto como lo  hubieron elegido  como el sucesor de San Pedro, soltó el bastón, se puso en pie, gritó “Ahora soy César”  y entonó un  canto a Dios con voz tan atronadora que los cardenales quedaron aterrados.   Este papa,  de titánica energía, era hijo de granjeros y se contaba que de joven había sido porquero; los cardenales elegidos  tradicionalmente entre las familias más ricas y poderosas, irritados por su baja extracción social, encargaron un cuadro de Sixto V rodeado de una piara de media docena de cerdos; el papa lo recibió con una beatífica  sonrisa y,  lejos de irritarse con la cruel broma, se la devolvió ordenando al pintor que le  pusiese a cada gorrino un vestido de cardenal. Al final y  en palabras de Virgilio, Telum  imbelle  sine ictu, “ Dardo inofensivo y sin fuerza para herir”,  para un hombre  que supo dar con astucia la vuelta a una situación que buscaba humillarlo.
Este Sixto V tenía grandes planes para la ciudad de Roma y para la circulación por ella; obsesionado por el ordenamiento de las calles, trazó avenidas que unieran puntos estratégicos como las siete iglesias de peregrinación de Roma, sin reparar en gastos y sin miramientos con todo aquello que obstruyese sus planes, aunque se tratase de monumentos de la Roma clásica. En este afán urbanizador los obeliscos se convirtieron en otra de sus aficiones y pronto bajó bajo su foco de atención el gran obelisco de Calígula que en muchas ocasiones había contemplado desde lejos,  poco conforme con su ubicación; se estaba levantando por entonces la basílica de San Pedro y frente a ella se planeaba una gran plaza, que años más tarde haría realidad Bernini.  En esa campaña del pontífice por cristianizar los elementos paganos de Roma  ese sería  el emplazamiento adecuado, allí en medio, del obelisco, que causaría el asombro de la cristiandad entera y el reconocimiento eterno a su artífice, el papa Sixto V. 
Pero se planteaba la duda de cómo sería posible moverlo desde su emplazamiento al nuevo lugar elegido y cómo habría de llevarse a cabo con éxito su re-erección; todos los especialistas consultados coincidían en la complejidad del asunto y apuntaban soluciones dispares y hasta descabelladas que no auguraban buenos resultados. La elección de quien llevaría a cabo tamaña empresa recayó finalmente en el arquitecto del papa, Domenico Fontana, hombre en quien confiaba pese a su juventud e inexperiencia; la solución ideada por Fontana consistió  en afianzar el obelisco entre enormes tablones de madera  firmemente sujetos con bandas de hierro y elevarlo por medio de cables unidos a tornos en el suelo y con la ayuda de caballos que actuarían impulsados por unos cuarenta cabrestantes; primero había que levantar el obelisco de su base, tenderlo en una especie de vagón movido por rodillos que permitiesen su arrastre hasta el nuevo lugar. La titánica tarea requirió casi mil hombres y 140 caballos con unas condiciones de silencio durante las operaciones del traslado e izado por parte del pueblo romano que, de ser incumplidas, serían castigadas hasta con la excomunión. Y aquí es donde nuevamente entra en juego la leyenda o la historia: en el momento del  izado en vertical las cuerdas empezaron a tensarse de tal modo que amenazaban con deshilacharse o romperse con el consiguiente peligro para la seguridad del obelisco y fue entonces cuando de entre la multitud congregada, expectante y con la respiración contenida, se oyó la potente  voz de un marinero genovés que, desafiando las amenazas  del papa y advertido del peligro inminente, gritó Acqua alle funi, “Agua a las cuerdas”, de modo que, humedecidas las sogas, aliviasen aliviar la tensión y recuperasen la elasticidad. Así se hizo y la solución dio el éxito esperado ; el papa no sólo no castigó al marinero sino que le colmó de honores, tal era la alegría del pontífice al ver, por fin,  en vertical su obelisco; en reconocimiento a su hazaña se hizo costumbre que,  a partir de entonces, las palmas para el Domingo de Ramos fuesen traídas desde  Bordighera, el pueblo natal del marinero.  También a su arquitecto Fontana le tributó grandes honores, aunque el hombre, poco seguro del éxito de la hazaña, había tenido preparada una posta de caballos para salir huyendo de Roma y escapar a las iras del papa si se producía el desastre. No hay evidencias históricas de que este episodio haya sucedido, pero no deja de seducirnos la idea de que hubiese acaecido tal cual lo contamos, y así llegamos al final de  nuestra cuarta verissima  historia.

El obelisco en su emplazamiento actual (agosto 2010)
Finalmente, cuando Fontana abrió la esfera dorada que remataba el obelisco y que hoy, dicen, se guarda en un museo de Roma, no halló ni rastro de Julio César, tan sólo polvo; Sixto V la reemplazó por una cruz sostenida por el emblema  de su propia  familia, los Chigi, una estrella de bronce sobre cinco montes.  La evidencia demostró  también la falta de veracidad de nuestra tercera historia, pero el episodio no resultaba del todo inverosímil y  era, además, realmente muy sugerente; que las cenizas de Julio César hubiesen sido encumbradas a lo alto del obelisco, dada la  extraordinaria admiración y respeto  que el pueblo romano mostró tras su muerte, cabía dentro de lo posible y hasta lo esperable, como un homenaje póstumo a su figura.
Y así hemos llegado al final de esta entrada, que espero haya sabido estar a la altura de las expectativas que me marqué al comienzo de la misma; quiero hacer mía la frase de Hans Christian Andersen sobre esta ciudad porque resume, creo yo, su  verdadera  esencia:
 "Roma es como un libro de fábulas, en cada página te encuentras con un prodigio"
Grazie mille a tod@s, amables lectores, por acompañarme en esta visita y mille baci.
P.D.  La próxima semana inicio un nuevo “Viaje cultural a Roma”, con mis alumn@s de 1º de Bachillerato, en compañía de mi entrañable amiga y  colega,  la profesora de  Hª del Arte de mi instituto,  a la desde aquí deseo expresar mi agradecimiento por su inestimable  colaboración y su  implicación total en este proyecto que ponemos este curso  por tercera vez en marcha. Y quiero también dar las gracias a los alumn@s,  que con su interés y entusiasmo hacen posible esta visita, porque ell@s  son los auténticos protagonistas de esta aventura romana ; estos meses de preparativos han manifestado constantemente su enorme deseo de iniciar este  viaje,  que puedo resumir en la frase formulada  frecuentemente por una  de las alumnas: “¡Ya me tarda, profe!”.  Será un itinerario exhaustivo y bien planificado con el que esperamos abarcar un amplio recorrido por toda la ciudad, desde el Coliseo y los Museos Vaticanos, tan masivamente visitados, a esos otros lugares  mucho menos turísticos, a veces hasta ignorados,  pero tan ricos en Historia e historias  que no podemos ni debemos  olvidar; algunos de ellos han sido protagonistas de entradas anteriores en mi afán de que cobren la importancia que merecen.
Con curiosidad por  conocer, con ganas de aprender  y con el deseo de volver con las maletas llenas de nuevas  experiencias emprendemos este viaje a Roma que deseamos que sea inolvidable; sólo cabe esperar que los Hados (y la meteorología) nos sean favorables.
Ciao!  A presto!

jueves, 15 de marzo de 2012

GUÁRDATE, CÉSAR, DE UN GRAN PELIGRO: LOS IDUS DE MARZO.

Con estas proféticas palabras, o quizás otras muy  parecidas,  es muy posible que  Julio César  fuese  advertido por un adivino, según cuenta el historiador Plutarco en sus Vidas paralelas,  días antes de su asesinato; se trató de un complot urdido por enemigos conspiradores,  más de medio centenar de senadores conjurados  que escogieron como escenario para el magnicidio la Curia, la sacrosanta sede del Senado, donde era un sacrilegio portar armas y a donde, a pesar de ello, con premeditación, alevosía y diurnidad. Hasta allí  llevaron  ocultos bajo los pliegues de sus togas los puñales con los que le  asestaron esas  veintitrés puñaladas que han pasado a la Historia, aunque parece que sólo una de ellas fue mortal.
He de hacer aquí una breve  digresión,  obligatoria para entender  qué significan esos “idus de marzo” que amenazaban a Julio César y ante los que debía estar precavido.  En el calendario romano había que tener presentes tres días señalados en el mes, aunque no necesariamente festivos: las calendas, el día 1; las nonas, el día 5; y los idus, el día 13. En los meses de marzo, mayo, julio y octubre (que en mis tiempos de estudiante recordaba con la regla mnemotécnica de MARMAJULOC), las nonas y los idus se retrasaban dos días, de modo que en estos meses las nonas coincidían con el día 7 y los idus con el 15; de este modo César entenderemos que el asesinato de César tuvo lugar el 15 de marzo del año 44 a. C. y  por las fechas en que estamos se explica fácilmente la oportunidad de esta entrada.
Después de su regreso a Roma tras sus brillantes  campañas militares,  muerto ya Pompeyo, su suegro y gran enemigo,  aplastados los últimos pompeyanos,  Julio César no tuvo ya rival; casi omnipotente, convertido en dueño de Roma, el Senado lo colmó de distinciones: su persona fue declarada inviolable y se le nombró dictador vitalicio durante diez años. Diríamos que se dejó querer, que disfrutó con complacencia de los excesivos honores que le tributaban; sólo le faltaba el título de rey, pero  hasta durante la celebración de las fiestas  Lupercalia ,  un mes antes de su asesinato, se le intentó poner en la cabeza por dos veces una corona  y por dos veces César la rechazó, en un intento, quizás, de despejar dudas en cuanto a sus intenciones, temeroso de la reacción de un pueblo para el que era odioso hasta el solo recuerdo de la monarquía. En su inconsciencia del inminente peligro que le acechaba, disolvió a su leal Guardia personal, error que no volvería a cometer su sucesor Augusto.
Mucho se ha discutido hasta qué punto César, tan astuto, tan perspicaz e  inteligente, tan  curtido  en mil batallas, tan experimentado en tramas políticas,  podía no ser conocedor de la conspiración que se estaba tramando a su alrededor, pues era muy alto el número de implicados; además muchos prodigios y hechos sorprendentes habían anunciado días antes el nefando crimen. Plutarco nos habla de resplandores en el cielo, de aves solitarias volando por la plaza, de “hombres de fuego” y personas ardiendo sin lesiones, de la desaparición del corazón de una víctima durante un sacrificio realizado por César e incluso de la advertencia real del agorero recomendándole precaución en una fecha concreta,  un dictado que parecía responder más a una información concreta que a un verdadero  vaticinio ; en una paradoja del destino, el mismo día  de autos César se cruzó con el adivino en su camino al Senado y, en tono burlón, le dijo que los idus ya habían llegado, a lo que el visionario contestó con reposo que habían llegado, pero que aún no habían pasado. La misma noche anterior el sueño de su esposa Calpurnia  se vio turbado por una tan terrible pesadilla que ella misma le instó a no acudir al Senado aquella mañana, consejo que César habría tenido en cuenta de no haber sido  por Décimo Bruto Albino, en quien César tenía gran confianza pero que, traicioneramente, formaba parte de los conjurados, quien desacreditó los presagios oníricos de Calpunia y se  lo llevó consigo.

Exterior de la Curia Julia (agosto 2010)

Interior de la Curia Julia (agosto 2010)

Cuando llegaba al Teatro de Pompeyo, lugar donde se reunía el Senado romano  temporalmente mientras se acababa de construir  la Curia Julia, César fue interceptado y rodeado por los conspiradores con la excusa de peticiones y pretextos;  uno de los conjurados, Casca,  le causó en el cuello la primera herida y César  se vio de repente cercado por las armas de sus asesinos, hasta por Marco Junio  Bruto, al que quería como a un hijo y que le hirió en la ingle, y a quien dice Suetonio en su Vita divi Iuli que le  dirigió esas famosas palabras en griego:  «Καì σύ, τέκνον», ‘¿También tú, hijo mío?. No obstante, Plutarco dice que no pronunció palabra alguna, sino que se limitó a cubrirse la cabeza con la toga y esperar los golpes que dejaron cubierto con su sangre el pedestal de la imponente estatua de Pompeyo que presidía el Teatro,  el que había sido en vida  su gran enemigo, como si de una venganza póstuma se tratase; no debemos olvidar que muchos de los implicados en el complot eran antiguos pompeyanos, a los que César había no sólo perdonado la vida sino incluso les había proporcionado cargos importantes.
El paso inexorable del tiempo hizo desaparecer este magnífico y grandioso edificio, dicen que el primero construido en mármol de la ciudad, y  de hecho, durante la Edad Media,  fue utilizado como cantera.  Fue entre 1920 y 1930 del siglo pasado cuando  Mussolini acometió la tarea de excavar su emplazamiento, saliendo a la luz el recinto hoy conocido como Largo di Torre Argentina, una plaza donde las investigaciones arqueológicas sacaron a la luz  la presencia de un Área Sacra, con cuatro templos de época republicana; detrás del único de ellos con planta circular, conocido como Aedes Fortunae Huiusce Diei y dedicado a la “Suerte del día de hoy" por el general  Q. Lutacio Catulo César en el a. 101 a. C., aparecen los restos del Teatro de Pompeyo, y no debe de haber restaurante o trattoria de la zona que no presuma de que  ¡en sus sótanos está situado el  verissimo lugar en que Julio César cayó muerto por las heridas de los conspiradores! 

Templo circular del Area Sacra (agosto 2010)

Largo di Torre Argentina acoge hoy en día un “santuario para gatos”, un lugar de refugio para gatos callejeros y abandonados, donde es atracción ver a  decenas y decenas  de estos animales paseando entre las ruinas; un grupo de voluntarios y voluntarias, amantes de los animales, los atienden, los cuidan y los alimentan a diario, sobreviviendo a base de donaciones de alimentos, materiales necesarios, aportaciones  económicas … para esta colonia felina. No hay que olvidar que Roma es “la ciudad de los gatos” y ellos son uno de los muchos símbolos  de la Urbe; reproducidos por doquier en los más diversos souvenirs, desde bolsos a calendarios, también ellos se están viendo afectados estos días por  la grave crisis económica que azota Italia, debido a los recortes en el  presupuesto que el Ayuntamiento  destina a las diversas asociaciones para la compra de pienso.  O tempora, o mores!, que  diría Cicerón. 

Los gatos del Area Sacra atendidos por voluntarios (agosto 2010)

Pero sigamos con  nuestra historia; habrían querido los asesinos arrojar al Tíber  su cuerpo, pero apunta Suetonio  que  fue espontáneamente incinerado con antorchas por dos hombres armados y no tardó en seguir su ejemplo el pueblo, que arrojó a su pira muebles, ropas, armas y hasta joyas lanzadas por mujeres; muchos extranjeros tomaron parte en aquel duelo y, entre ellos, los judíos que velaron muchas noches junto a sus cenizas, en agradecimiento a la política de amistad que César había manifestado hacia ellos y  a la defensa que siempre hizo de sus derechos. Con  la desaparición de César  se  ponía fin a los  primeros ensayos del poder personal  pero también se había causado una segunda víctima: la propia  Roma.
En lo que hoy queda en el Foro de Roma del Templo de César, dedicado a él por Augusto en el año 29 a. C. para honrar su memoria, se muestra el ara donde fue incinerado; se ha convertido en objeto de culto para multitud de devotos, amantes de la historia, curiosos varios,  que se acercan para visitarlo y hasta para  depositar flores y escritos con los que  a diario aparece adornado, como un homenaje póstumo tantos siglos después  y como muestra de que para muchos César sigue vivo en los corazones. 

Restos del templo de César en el Foro (agosto 2010)

Placa conmemorativa del Ara de incineración de César (agosto 2010)

El Ara de César en su templo (agosto 2010)

En cada visita a la ciudad también yo me acerco a este monumento mudo que es, sin embargo, testimonio vivo de un periodo convulso de la Historia de Roma y, no lo niego, me causó la primera vez una profunda impresión; ahora, siempre que vuelvo,  me lo encuentro abarrotado de turistas y  el impacto emocional es menor, pero no deja de avivar en mí el nostálgico recuerdo  de sus obras en las largas horas de traducción y de  la figura de un hombre excepcional  del que  León Homo  dejó dichas estas palabras como magnífico colofón: “César perecía por haber querido ir demasiado aprisa, y, al violentar ese factor indispensable que se llama tiempo, haber querido violentar la evolución normal de los acontecimientos”.
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