"Roma está llena de leyendas que lo único que pretenden es engrandecer aún más su historia. Es como si la vieja ciudad dudara de su belleza, y hubiera encontrado en el pábulo un alimento para sobrevivir, un método de rejuvenecimiento" Emilio Calderón

jueves, 5 de abril de 2012

¡ÉCHAME MÁS ALLÁ ESE OBELISCO! (O ALGO PARECIDO DEBIÓ DE DECIR SIXTO V)

El obelisco de la Plaza de San Pedro (agosto 2010)
La entrada de hoy sigue la estela de la anterior, dedicada a Julio César, pero al mismo tiempo es de esas que justifican ampliamente el título de este blog, que una historia falsa puede resultar muy buena si está bien contada; ¡y  no digo nada si, como en este caso, la historia falsa es CUÁDRUPLE!  Como, supongo, haber  excitado la curiosidad de mis lectores, haciendo caso al refrán latino Coepisti, perfice, “Lo comenzaste, acábalo”, empezaré por el principio.
Roma bien puede ser llamada “la ciudad de los obeliscos”; dieciocho de estos gigantes  de piedra con forma de pilar cuadrangular, montados  muchas veces sobre una base prismática y rematados en su parte superior por una punta piramidal llamada piramidión, pueden verse diseminados por la ciudad, pero, en contra de lo que pueda pensarse, su ubicación no responde ni a la casualidad ni al capricho, sino a una estratégica ordenación del urbanismo romano.  De ellos ocho provienen del Antiguo Egipto y habían llegado a Roma casi como “souvenirs” de la conquista de Egipto, en su mayoría en época imperial; otros cinco son copias romanas antiguas que o bien fueron encargados en el Egipto del periodo romano por romanos ricos, o bien son copias de  antiguos originales egipcios. Otros cuatro son obeliscos modernos y un quinto, un obelisco etíope, el de Aksum, que estuvo ubicado en la plaza de Porta Capena, fue devuelto a Etiopía en 2005.
Los  antiguos obeliscos eran una de las tres formas  conmemorativas  fundamentales del antiguo Egipto junto con las pirámides y las esfinges; asociados al culto del dios solar Ra,  fueron objeto de un laborioso trabajo de extracción de la cantera,  de  un complicado sistema de transporte hasta el lugar deseado y  de una aún hoy desconocida y compleja  maniobra de erección. Los romanos construyeron enormes barcos ad hoc para trasladarlos al puerto de Ostia y de ahí hasta  Roma, reproduciendo, suponemos, el mismo sistema empleado en Egipto que obligaba a un esfuerzo infinito que no siempre culminaba con el éxito esperado: muchos de ellos terminaron partidos en varios pedazos. Pero hubo uno que se erigía entero e intacto en Roma aún en el siglo XVI, el más grande de una sola pieza fuera de Egipto; en el año 37 o 40 d. C. fue llevado a la ciudad por  orden  del emperador Calígula, desconociéndose  qué faraón de la V Dinastía lo mandó construir por carecer de jeroglíficos. Este coloso de granito,  de 28 m. de altura hasta el  piramidión y 361 toneladas de peso, estaba emplazado decorando la spina del Circo de Nerón, al pie del Monte Vaticano,  donde la tradición cristiana decía que había sido martirizado San Pedro y sepultado a poca distancia del lugar de su martirio; en lo alto de su piramidión había una bola dorada jamás abierta y desde la Edad Media se creía que contenía las cenizas de Julio César, y he  aquí que  nos topamos con la primera de nuestras no siempre ciertas historias. Calígula lo había dedicado al Sol y a la memoria de los emperadores Augusto y Tiberio, detalle que conocemos por la inscripción que figuraba en su pedestal.
 La segunda y la tercera  nos trasladan al papado  de  Sixto V ( de 1585 a 1590, de quien se decía que había sido elegido pontífice tras engañar a los demás cardenales del cónclave haciéndoles creer que era un hombre endeble y achacoso, de voz  apenas  audible,  que caminaba con muleta a causa de su precaria salud y que sería, por tanto, un hombre  manipulable y de escasa permanencia  en el silla del Pescador;  tan pronto como lo  hubieron elegido  como el sucesor de San Pedro, soltó el bastón, se puso en pie, gritó “Ahora soy César”  y entonó un  canto a Dios con voz tan atronadora que los cardenales quedaron aterrados.   Este papa,  de titánica energía, era hijo de granjeros y se contaba que de joven había sido porquero; los cardenales elegidos  tradicionalmente entre las familias más ricas y poderosas, irritados por su baja extracción social, encargaron un cuadro de Sixto V rodeado de una piara de media docena de cerdos; el papa lo recibió con una beatífica  sonrisa y,  lejos de irritarse con la cruel broma, se la devolvió ordenando al pintor que le  pusiese a cada gorrino un vestido de cardenal. Al final y  en palabras de Virgilio, Telum  imbelle  sine ictu, “ Dardo inofensivo y sin fuerza para herir”,  para un hombre  que supo dar con astucia la vuelta a una situación que buscaba humillarlo.
Este Sixto V tenía grandes planes para la ciudad de Roma y para la circulación por ella; obsesionado por el ordenamiento de las calles, trazó avenidas que unieran puntos estratégicos como las siete iglesias de peregrinación de Roma, sin reparar en gastos y sin miramientos con todo aquello que obstruyese sus planes, aunque se tratase de monumentos de la Roma clásica. En este afán urbanizador los obeliscos se convirtieron en otra de sus aficiones y pronto bajó bajo su foco de atención el gran obelisco de Calígula que en muchas ocasiones había contemplado desde lejos,  poco conforme con su ubicación; se estaba levantando por entonces la basílica de San Pedro y frente a ella se planeaba una gran plaza, que años más tarde haría realidad Bernini.  En esa campaña del pontífice por cristianizar los elementos paganos de Roma  ese sería  el emplazamiento adecuado, allí en medio, del obelisco, que causaría el asombro de la cristiandad entera y el reconocimiento eterno a su artífice, el papa Sixto V. 
Pero se planteaba la duda de cómo sería posible moverlo desde su emplazamiento al nuevo lugar elegido y cómo habría de llevarse a cabo con éxito su re-erección; todos los especialistas consultados coincidían en la complejidad del asunto y apuntaban soluciones dispares y hasta descabelladas que no auguraban buenos resultados. La elección de quien llevaría a cabo tamaña empresa recayó finalmente en el arquitecto del papa, Domenico Fontana, hombre en quien confiaba pese a su juventud e inexperiencia; la solución ideada por Fontana consistió  en afianzar el obelisco entre enormes tablones de madera  firmemente sujetos con bandas de hierro y elevarlo por medio de cables unidos a tornos en el suelo y con la ayuda de caballos que actuarían impulsados por unos cuarenta cabrestantes; primero había que levantar el obelisco de su base, tenderlo en una especie de vagón movido por rodillos que permitiesen su arrastre hasta el nuevo lugar. La titánica tarea requirió casi mil hombres y 140 caballos con unas condiciones de silencio durante las operaciones del traslado e izado por parte del pueblo romano que, de ser incumplidas, serían castigadas hasta con la excomunión. Y aquí es donde nuevamente entra en juego la leyenda o la historia: en el momento del  izado en vertical las cuerdas empezaron a tensarse de tal modo que amenazaban con deshilacharse o romperse con el consiguiente peligro para la seguridad del obelisco y fue entonces cuando de entre la multitud congregada, expectante y con la respiración contenida, se oyó la potente  voz de un marinero genovés que, desafiando las amenazas  del papa y advertido del peligro inminente, gritó Acqua alle funi, “Agua a las cuerdas”, de modo que, humedecidas las sogas, aliviasen aliviar la tensión y recuperasen la elasticidad. Así se hizo y la solución dio el éxito esperado ; el papa no sólo no castigó al marinero sino que le colmó de honores, tal era la alegría del pontífice al ver, por fin,  en vertical su obelisco; en reconocimiento a su hazaña se hizo costumbre que,  a partir de entonces, las palmas para el Domingo de Ramos fuesen traídas desde  Bordighera, el pueblo natal del marinero.  También a su arquitecto Fontana le tributó grandes honores, aunque el hombre, poco seguro del éxito de la hazaña, había tenido preparada una posta de caballos para salir huyendo de Roma y escapar a las iras del papa si se producía el desastre. No hay evidencias históricas de que este episodio haya sucedido, pero no deja de seducirnos la idea de que hubiese acaecido tal cual lo contamos, y así llegamos al final de  nuestra cuarta verissima  historia.

El obelisco en su emplazamiento actual (agosto 2010)
Finalmente, cuando Fontana abrió la esfera dorada que remataba el obelisco y que hoy, dicen, se guarda en un museo de Roma, no halló ni rastro de Julio César, tan sólo polvo; Sixto V la reemplazó por una cruz sostenida por el emblema  de su propia  familia, los Chigi, una estrella de bronce sobre cinco montes.  La evidencia demostró  también la falta de veracidad de nuestra tercera historia, pero el episodio no resultaba del todo inverosímil y  era, además, realmente muy sugerente; que las cenizas de Julio César hubiesen sido encumbradas a lo alto del obelisco, dada la  extraordinaria admiración y respeto  que el pueblo romano mostró tras su muerte, cabía dentro de lo posible y hasta lo esperable, como un homenaje póstumo a su figura.
Y así hemos llegado al final de esta entrada, que espero haya sabido estar a la altura de las expectativas que me marqué al comienzo de la misma; quiero hacer mía la frase de Hans Christian Andersen sobre esta ciudad porque resume, creo yo, su  verdadera  esencia:
 "Roma es como un libro de fábulas, en cada página te encuentras con un prodigio"
Grazie mille a tod@s, amables lectores, por acompañarme en esta visita y mille baci.
P.D.  La próxima semana inicio un nuevo “Viaje cultural a Roma”, con mis alumn@s de 1º de Bachillerato, en compañía de mi entrañable amiga y  colega,  la profesora de  Hª del Arte de mi instituto,  a la desde aquí deseo expresar mi agradecimiento por su inestimable  colaboración y su  implicación total en este proyecto que ponemos este curso  por tercera vez en marcha. Y quiero también dar las gracias a los alumn@s,  que con su interés y entusiasmo hacen posible esta visita, porque ell@s  son los auténticos protagonistas de esta aventura romana ; estos meses de preparativos han manifestado constantemente su enorme deseo de iniciar este  viaje,  que puedo resumir en la frase formulada  frecuentemente por una  de las alumnas: “¡Ya me tarda, profe!”.  Será un itinerario exhaustivo y bien planificado con el que esperamos abarcar un amplio recorrido por toda la ciudad, desde el Coliseo y los Museos Vaticanos, tan masivamente visitados, a esos otros lugares  mucho menos turísticos, a veces hasta ignorados,  pero tan ricos en Historia e historias  que no podemos ni debemos  olvidar; algunos de ellos han sido protagonistas de entradas anteriores en mi afán de que cobren la importancia que merecen.
Con curiosidad por  conocer, con ganas de aprender  y con el deseo de volver con las maletas llenas de nuevas  experiencias emprendemos este viaje a Roma que deseamos que sea inolvidable; sólo cabe esperar que los Hados (y la meteorología) nos sean favorables.
Ciao!  A presto!

jueves, 15 de marzo de 2012

GUÁRDATE, CÉSAR, DE UN GRAN PELIGRO: LOS IDUS DE MARZO.

Con estas proféticas palabras, o quizás otras muy  parecidas,  es muy posible que  Julio César  fuese  advertido por un adivino, según cuenta el historiador Plutarco en sus Vidas paralelas,  días antes de su asesinato; se trató de un complot urdido por enemigos conspiradores,  más de medio centenar de senadores conjurados  que escogieron como escenario para el magnicidio la Curia, la sacrosanta sede del Senado, donde era un sacrilegio portar armas y a donde, a pesar de ello, con premeditación, alevosía y diurnidad. Hasta allí  llevaron  ocultos bajo los pliegues de sus togas los puñales con los que le  asestaron esas  veintitrés puñaladas que han pasado a la Historia, aunque parece que sólo una de ellas fue mortal.
He de hacer aquí una breve  digresión,  obligatoria para entender  qué significan esos “idus de marzo” que amenazaban a Julio César y ante los que debía estar precavido.  En el calendario romano había que tener presentes tres días señalados en el mes, aunque no necesariamente festivos: las calendas, el día 1; las nonas, el día 5; y los idus, el día 13. En los meses de marzo, mayo, julio y octubre (que en mis tiempos de estudiante recordaba con la regla mnemotécnica de MARMAJULOC), las nonas y los idus se retrasaban dos días, de modo que en estos meses las nonas coincidían con el día 7 y los idus con el 15; de este modo César entenderemos que el asesinato de César tuvo lugar el 15 de marzo del año 44 a. C. y  por las fechas en que estamos se explica fácilmente la oportunidad de esta entrada.
Después de su regreso a Roma tras sus brillantes  campañas militares,  muerto ya Pompeyo, su suegro y gran enemigo,  aplastados los últimos pompeyanos,  Julio César no tuvo ya rival; casi omnipotente, convertido en dueño de Roma, el Senado lo colmó de distinciones: su persona fue declarada inviolable y se le nombró dictador vitalicio durante diez años. Diríamos que se dejó querer, que disfrutó con complacencia de los excesivos honores que le tributaban; sólo le faltaba el título de rey, pero  hasta durante la celebración de las fiestas  Lupercalia ,  un mes antes de su asesinato, se le intentó poner en la cabeza por dos veces una corona  y por dos veces César la rechazó, en un intento, quizás, de despejar dudas en cuanto a sus intenciones, temeroso de la reacción de un pueblo para el que era odioso hasta el solo recuerdo de la monarquía. En su inconsciencia del inminente peligro que le acechaba, disolvió a su leal Guardia personal, error que no volvería a cometer su sucesor Augusto.
Mucho se ha discutido hasta qué punto César, tan astuto, tan perspicaz e  inteligente, tan  curtido  en mil batallas, tan experimentado en tramas políticas,  podía no ser conocedor de la conspiración que se estaba tramando a su alrededor, pues era muy alto el número de implicados; además muchos prodigios y hechos sorprendentes habían anunciado días antes el nefando crimen. Plutarco nos habla de resplandores en el cielo, de aves solitarias volando por la plaza, de “hombres de fuego” y personas ardiendo sin lesiones, de la desaparición del corazón de una víctima durante un sacrificio realizado por César e incluso de la advertencia real del agorero recomendándole precaución en una fecha concreta,  un dictado que parecía responder más a una información concreta que a un verdadero  vaticinio ; en una paradoja del destino, el mismo día  de autos César se cruzó con el adivino en su camino al Senado y, en tono burlón, le dijo que los idus ya habían llegado, a lo que el visionario contestó con reposo que habían llegado, pero que aún no habían pasado. La misma noche anterior el sueño de su esposa Calpurnia  se vio turbado por una tan terrible pesadilla que ella misma le instó a no acudir al Senado aquella mañana, consejo que César habría tenido en cuenta de no haber sido  por Décimo Bruto Albino, en quien César tenía gran confianza pero que, traicioneramente, formaba parte de los conjurados, quien desacreditó los presagios oníricos de Calpunia y se  lo llevó consigo.

Exterior de la Curia Julia (agosto 2010)

Interior de la Curia Julia (agosto 2010)

Cuando llegaba al Teatro de Pompeyo, lugar donde se reunía el Senado romano  temporalmente mientras se acababa de construir  la Curia Julia, César fue interceptado y rodeado por los conspiradores con la excusa de peticiones y pretextos;  uno de los conjurados, Casca,  le causó en el cuello la primera herida y César  se vio de repente cercado por las armas de sus asesinos, hasta por Marco Junio  Bruto, al que quería como a un hijo y que le hirió en la ingle, y a quien dice Suetonio en su Vita divi Iuli que le  dirigió esas famosas palabras en griego:  «Καì σύ, τέκνον», ‘¿También tú, hijo mío?. No obstante, Plutarco dice que no pronunció palabra alguna, sino que se limitó a cubrirse la cabeza con la toga y esperar los golpes que dejaron cubierto con su sangre el pedestal de la imponente estatua de Pompeyo que presidía el Teatro,  el que había sido en vida  su gran enemigo, como si de una venganza póstuma se tratase; no debemos olvidar que muchos de los implicados en el complot eran antiguos pompeyanos, a los que César había no sólo perdonado la vida sino incluso les había proporcionado cargos importantes.
El paso inexorable del tiempo hizo desaparecer este magnífico y grandioso edificio, dicen que el primero construido en mármol de la ciudad, y  de hecho, durante la Edad Media,  fue utilizado como cantera.  Fue entre 1920 y 1930 del siglo pasado cuando  Mussolini acometió la tarea de excavar su emplazamiento, saliendo a la luz el recinto hoy conocido como Largo di Torre Argentina, una plaza donde las investigaciones arqueológicas sacaron a la luz  la presencia de un Área Sacra, con cuatro templos de época republicana; detrás del único de ellos con planta circular, conocido como Aedes Fortunae Huiusce Diei y dedicado a la “Suerte del día de hoy" por el general  Q. Lutacio Catulo César en el a. 101 a. C., aparecen los restos del Teatro de Pompeyo, y no debe de haber restaurante o trattoria de la zona que no presuma de que  ¡en sus sótanos está situado el  verissimo lugar en que Julio César cayó muerto por las heridas de los conspiradores! 

Templo circular del Area Sacra (agosto 2010)

Largo di Torre Argentina acoge hoy en día un “santuario para gatos”, un lugar de refugio para gatos callejeros y abandonados, donde es atracción ver a  decenas y decenas  de estos animales paseando entre las ruinas; un grupo de voluntarios y voluntarias, amantes de los animales, los atienden, los cuidan y los alimentan a diario, sobreviviendo a base de donaciones de alimentos, materiales necesarios, aportaciones  económicas … para esta colonia felina. No hay que olvidar que Roma es “la ciudad de los gatos” y ellos son uno de los muchos símbolos  de la Urbe; reproducidos por doquier en los más diversos souvenirs, desde bolsos a calendarios, también ellos se están viendo afectados estos días por  la grave crisis económica que azota Italia, debido a los recortes en el  presupuesto que el Ayuntamiento  destina a las diversas asociaciones para la compra de pienso.  O tempora, o mores!, que  diría Cicerón. 

Los gatos del Area Sacra atendidos por voluntarios (agosto 2010)

Pero sigamos con  nuestra historia; habrían querido los asesinos arrojar al Tíber  su cuerpo, pero apunta Suetonio  que  fue espontáneamente incinerado con antorchas por dos hombres armados y no tardó en seguir su ejemplo el pueblo, que arrojó a su pira muebles, ropas, armas y hasta joyas lanzadas por mujeres; muchos extranjeros tomaron parte en aquel duelo y, entre ellos, los judíos que velaron muchas noches junto a sus cenizas, en agradecimiento a la política de amistad que César había manifestado hacia ellos y  a la defensa que siempre hizo de sus derechos. Con  la desaparición de César  se  ponía fin a los  primeros ensayos del poder personal  pero también se había causado una segunda víctima: la propia  Roma.
En lo que hoy queda en el Foro de Roma del Templo de César, dedicado a él por Augusto en el año 29 a. C. para honrar su memoria, se muestra el ara donde fue incinerado; se ha convertido en objeto de culto para multitud de devotos, amantes de la historia, curiosos varios,  que se acercan para visitarlo y hasta para  depositar flores y escritos con los que  a diario aparece adornado, como un homenaje póstumo tantos siglos después  y como muestra de que para muchos César sigue vivo en los corazones. 

Restos del templo de César en el Foro (agosto 2010)

Placa conmemorativa del Ara de incineración de César (agosto 2010)

El Ara de César en su templo (agosto 2010)

En cada visita a la ciudad también yo me acerco a este monumento mudo que es, sin embargo, testimonio vivo de un periodo convulso de la Historia de Roma y, no lo niego, me causó la primera vez una profunda impresión; ahora, siempre que vuelvo,  me lo encuentro abarrotado de turistas y  el impacto emocional es menor, pero no deja de avivar en mí el nostálgico recuerdo  de sus obras en las largas horas de traducción y de  la figura de un hombre excepcional  del que  León Homo  dejó dichas estas palabras como magnífico colofón: “César perecía por haber querido ir demasiado aprisa, y, al violentar ese factor indispensable que se llama tiempo, haber querido violentar la evolución normal de los acontecimientos”.

domingo, 26 de febrero de 2012

UN RIACHUELO, DOS ARCOS, UNA IGLESIA Y UN ATENTADO.

En el valle formado por el Velabro, el antiguo río que después de atravesar el Foro desembocaba en el Tíber, nos encontramos uno de los lugares más interesantes y de mayor conexión con el pasado legendario de Roma; esta zona, en la Antigüedad pantanosa e insalubre al pie del Palatino, junto al Tíber, fue identificada como el lugar donde, como narra Tito Livio, fueron abandonados los gemelos Rómulo y Remo y desempeña un papel fundamental en la fundación de Roma. Este lugar se halla muy próximo a la salida de la Cloaca Máxima, una obra magna de saneamiento de las depresiones de la ciudad, iniciada por Tarquinio el Viejo y continuada por los monarcas posteriores; formaba una red de alcantarillas que drenaban todas las aguas subterráneas de la ciudad intentando evitar el peligro constante de las inundaciones y todavía hoy desde las inmediaciones del Puente Palatino  podemos ver su salida al río.

La Cloaca Máxima en la actualidad
Este lugar donde se entrecruzan la historia y la leyenda es rico en tesoros arqueológicos y artísticos, pero desdichadamente, como hemos comentado en otras ocasiones, se ve excluido de los itinerarios turísticos habituales; he de reconocer que es una suerte poder pasear y disfrutar de este magnífico rincón al amparo de “invasiones bárbaras”. Aprovechemos este momento de soledad para conocer lo que guarda y lo que nos aguarda.
Cuando uno camina por el Foro, lo sorprende la grandiosidad de tres grandes Arcos, así, con mayúscula, todos ellos famosos y mil veces fotografiados: el Arco de Constantino, próximo al Coliseo; el Arco de Tito, cuyos relieves tienen como tema la victoria sobre los judíos;  y el Arco de Septimio Severo construido para conmemorar las victorias del emperador sobre los partos. Pero el Foro no es el único lugar que ostenta este privilegio; también aquí, en la vieja  zona del Velabro nos encontramos con dos  Arcos extraordinarios: el Arco de cuatro caras de Jano y el Arco degli Argentari o Arco de los Argentarii.
El Arco de Jano, un monumental  arco cuadrifronte, está fechado en el s. IV d. C. y construido en honor al emperador Constantino por  su hijo Constancio II; marcaba el cruce de cuatro vías importantes e indicaría probablemente  los límites del Foro Boario. Con sus potentes  16 m. de altura y 12 m. de ancho, tiene cuatro pilares recubiertos de mármol que soportan una bóveda de crucería y  en su parte externa presenta dos hileras de nichos en forma de concha que parecen haber contenido pequeñas estatuas; en su ático,  del que no se ha conservado nada, se construyó  en la Edad Media una fortaleza  y  hasta hay quien dice que pudo haber estado rematado por una pirámide. Las cuatro claves de los arcos están esculpidas con figuras que representan  a Roma (representada como una diosa)  y Juno, sentadas, y,  de pie, a Minerva y Ceres. Más que un arco, podría tratarse de una gran puerta que sería utilizada por los comerciantes de la época para guarecerse de la inclemencias del tiempo y, de hecho, en su parte sureste se halla una puerta que permite acceder  a los niveles superiores. 

Arco de Jano
 Muy próximo a este Arco de Jano, en la Piazza di San Giorgio in Velabro, hay otro arco, probablemente otra puerta de entrada al mercado, decorado con riquísimos y variados relieves,  elaborados motivos vegetales que lo cubren  casi por completo; dedicado el a. 203 d. C. por los ganaderos y banqueros, llamados estos últimos argentarii (de ahí el nombre del arco), a Septimio  Severo y Caracalla, y a sus esposas, y a Geta, cuya figura fue borrada posteriormente; las inscripciones del arco fueron objeto también de la damnatio memoriae, eliminándose los nombres de Geta y de Plautilla Fulvia, la desdichada esposa del emperador Caracalla. Con más de seis metros de alto y más de cinco de ancho, en él se representan el sacrificio de un toro, una figura masculina que probablemente representa a Caracalla , Septimio Severo con su esposa , Julia Domna, a  Hércules con la piel del León de Nemea, a dos soldados con un prisionero… El arco está adosado a la iglesia de San Giorgio in Velabro, de la que hablaremos ahora mismo, pero dejad que os cuente una última curiosidad : una leyenda que dice que en él había un tesoro escondido, lo cual animaba a los imprudentes a subirse sobre él, martirizando al pobre arco con agujeros en los que introducían clavos de madera; y hablo en pasado porque en la actualidad tanto el Arco degli Argentari como el Arco de Jano están rodeados de altas rejas  que impiden acercarse a ellos, salvaguardando así su integridad de actos vandálicos.

Arco degli Argientari
La iglesia de San Giorgio in Velabro, San Jorge en el Velabro, es una auténtica joya que yo tuve la oportunidad de descubrir un caluroso mediodía de agosto en la más absoluta de las soledades, vacía de personas, desnuda de ornamentos inútiles,  iluminada tan solo por la luz que entraba del exterior, agradablemente fresca en medio de aquel calor,  prístina, original, bellísima… Construida alrededor del s. VII, bajo el pontificado de León II, fue primero dedicada a San Sebastián,  mártir del que se dice que después de haber sido asaeteado, fue recogido por sus amigos y  curó de sus heridas; no huyó de Roma, sino que se presentó ante el emperador para reprenderle su conducta  tras lo cual fue condenado  a ser azotado hasta la muerte; con el fin de evitar que le diesen sepultura, los soldados arrojaron su cuerpo a la Cloaca Máxima justamente en este punto, identificado precisamente con la zona donde está la iglesia y  a la que los romanos llamaban la “marrana di San Giorgio” por razones obvias. Este episodio quedó inmortalizado en el cuadro de Ludovico Carracci “San Sebastián”, que se guarda en el Museo Paul Getty de Los Ángeles, en EE UU,  y que podemos admirar en este enlace: http://www.padulcofrade.com/monograficos/san_sebastian/iconografia/pintura_s_xvi/carracci.jpg 
Más tarde, en el s. VIII el papa Zacarías trajo desde Capadocia a Roma, a este templo,  el cráneo de San Jorge, martirizado durante las persecuciones de Diocleciano, y se le cambió el nombre a la iglesia, localizada además en una zona desde antiguo habitada por la comunidad griega de Roma. Es muy probable que para su construcción se reutilizasen estructuras de muros preexistentes, algún edificio civil y una diaconía, lo  que en la iglesia primitiva constituía un lugar de práctica asistencial a los pobres  y enfermos; esto  podría explicar que la planta de esta iglesia es bastante irregular como consecuencia de las sucesivas transformaciones en distintas fases históricas.
S. Giorgio fue objeto de sucesivas  labores de restauración desde el  s. IX con Gregorio IV; a mediados del s. XIII se construyó el pórtico, como regalo del prior Stefano di Stella, con una bella inscripción en caracteres góticos sobre el entablamento, y es posible que en esta época tuviese lugar la erección del airoso   ”campanile”, un  campanario de estilo lombardo, de cinco pisos, que fue reconstruido después de haber sido alcanzado en 1837  por un rayo que dañó gravemente su estabilidad.
 En el interior, a Pietro Cavallini y su escuela se le atribuyen las hermosas  pinturas del ábside de la iglesia (s.XIII), donación del cardenal Giacomo Gaetano Stefaneschi,  y  destaca en el presbiterio, cubriendo el altar, un magnifico ciborio o baldaquino cosmatesco.

Baladaquino (agosto 2010)
Fresco del ábside (agosto 2010)





















Entre los años 1923 y 1926  la Sopraintendenza ai Monumenti di Roma llevó a cabo radicales intervenciones con el fin de restituir a la iglesia su aspecto medieval, librándola así de los añadidos que las sucesivas fases históricas habían dejado sobre ella y devolviéndole su apariencia original. La desnudez del templo nos habla de la Edad Media, cuando era conocida como “San Giorgio alla fonte” ya que en sus proximidades brotaba aqua virgo ( l’ Acqua Argentina), que se unía a las aguas residuales de la Cloaca Máxima.
En el pórtico de esta iglesia el viajero avispado podrá ver fragmentos de unas  inscripciones ; se trata de los restos  originales de la dedicatoria del Arco de Jano al emperador  Constantino que allí se conservan.
Fue en la medianoche del 27 de julio de 1993  cuando la iglesia sufrió un terrible atentado con coche-bomba,  probablemente perpetrado por la mafia, que destruyó por completo el pórtico y abrió una enorme brecha en el muro principal, aunque afortunadamente no se produjeron víctimas mortales; se llevó a cabo una imponente labor de reconstrucción que  le devolvió su aspecto original, aunque se dejó algún detalle deliberadamente sin restaurar como recuerdo del  acto de barbarie.
Es San Giorgio una iglesia genuinamente primitiva, no tocada por elementos barrocos como otras muchas de Roma, lo que le ha permitido conservar su atmósfera original y que nos transporta en su visita a los primeros momentos de la Roma cristiana; todo esto la convierte en una de las iglesias más interesantes y hermosas de Roma cuya visita resulta obligada para todo aquel que desee entrar en contacto con los tesoros que guarda con sigilo la Ciudad.

Interior de San Giorgio (agosto 2010)

Y hasta aquí ha llegado hoy nuestro paseo, iniciado desde las orillas de un río cuyas aguas nos sumergen en la leyenda para  llevarnos después por otras etapas históricas  de Roma también sugerentes y siempre interesantes;  sólo me queda  el deseo de  haber sabido desempeñar con eficacia mi papel de “cicerone”.
Mille baci!

miércoles, 22 de febrero de 2012

PREMIO “BLOG CREATIVO”


Desde los blogs de mis queridos amigos C. G. Aparicio (...la de ojos glaucos...) y Uriel (Saber Historia) se me ha concedido el PREMIO “BLOG CREATIVO”, que agradezco a ambos enormemente; es un placer y una inmensa satisfacción que esta pequeña nave que capitaneo con aún novata experiencia haya sido elegida por su creatividad. Gracias a ambos por vuestra gentileza y vuestra amabilidad al pensar en mí.
Las normas obligan a la concesión del premio  a otros siete blogs (aunque a mí se me hacen pocos) y desde aquí se lo transmito encantada a esos blogs amigos que brillan precisamente por su enorme creatividad:
Mi enhorabuena a todos ellos porque se lo merecen.
Mil bicos.
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