"Roma está llena de leyendas que lo único que pretenden es engrandecer aún más su historia. Es como si la vieja ciudad dudara de su belleza, y hubiera encontrado en el pábulo un alimento para sobrevivir, un método de rejuvenecimiento" Emilio Calderón

domingo, 7 de abril de 2013

De pontífices y de puentes






En el marco de los recientes acontecimientos religiosos que han convertido a la Ciudad Eterna en el epicentro de un terremoto mediático sin precedentes, aprovecho las sabias palabras de Publio Sirio, Deliberando saepe perit occasio, o lo que es lo mismo, muchas veces la oportunidad de hacer algo se desvanece cuando se discute mucho sobre ello, para abordar una historia donde el pasado se entreteje con el presente para dar forma al futuro y , de paso, con la intención de justificar por qué razón la he titulado De pontífices y de puentes.
Es Roma, sin duda alguna, la “ciudad del puente”, pues desde la Antigüedad el río Tíber ha constituido la espina dorsal y el eje vertebrador de las dos orillas de la ciudad, la vía de comunicación y comercio,  el límite de territorios, la salvaguarda y defensa ante los enemigos etruscos, el benéfico irrigador de los campos y el destructor temible por sus devastadoras inundaciones…  Sin duda alguna podemos afirmar que desde siempre el río ha marcado y ha condicionado la vida de Roma.
 La necesidad de unir sus riberas hizo a los romanos tender, en tiempos ya del rey Anco Marcio,  el primer puente, el Puente Sublicio, para unir el monte Janículo con la ciudad; afortunadamente era éste de madera, pues en el s. VI a. C. Roma se vio obligada a hacer frente a las hostiles y poderosas ciudades etruscas que amenazaban a la incipiente República Romana. Cuenta la leyenda que cuando las tropas del etrusco Lars Porsenna avanzaban decididamente hacia el sur después de haber expulsado a los romanos del Janículo y se encaminaban ya con inminente peligro hacia la ciudad, surgió un héroe, Horacio Cocles, quien con su audacia y valentía,  junto con dos compañeros primero  y luego él solo, logró retener al ejército etrusco mientras sus conciudadanos demolían el puente; y cuando éste hubo sido destruido, se arrojó a las aguas poniendo a salvo su vida y su armadura.

Puente Roto (abril 2012)

Posteriormente, en siglo II, los censores Marco Fulvio Nobilior y Marco Emilio Lépido hicieron construir el primer puente de piedra, el Puente Emilio, al que hoy se conoce como el Puente Roto  porque se destruyó parcialmente y hoy todavía  es visible uno de sus arcos en el cauce del río; este puente se hallaba próximo al Forum Holitorium, el mercado de frutas y hortalizas, en uno de los puntos de tránsito y vado de mayor importancia del río en la Antigüedad. Su construcción fue realizada en dos fases; en la primera, en el año 179 a. C., se levantaron los pilares sobre los que se apoyaba una pasarela de madera y más tarde, en el 142a. C., bajo el consulado de Escipión Emiliano y Lucio Mumio,  se le añadieron los arcos de piedra; en 1230 sufrió una grave inundación y fue reconstruido con el nombre de Puente de Sta. María. El paso del tiempo hizo mella en él y el papa Paulo III encargó su restauración al propio Miguel Ángel, quien no llegó a llevarla a cabo; sería en 1575 cuando fue terminada, aunque todo fue esfuerzo vano porque veintitrés años después se derrumbó definitivamente de modo que el arco superviviente que aún  podemos ver hoy corresponde precisamente a esa reconstrucción llevada a cabo en el s. XVI.

Puente Fabricio (abril 2012)

Tiempo después fueron construidos los dos puentes que enlazan la Isla Tiberina, una isla fluvial en medio del Tíber (a cuya historia volveré próximamente porque bien merece una entrada propia), con las dos orillas. De un lado, el Puente Fabricio, del año 62 a. C., el más antiguo de Roma todavía en uso,  permanece totalmente intacto desde la Antigüedad; es también conocido como Pons Judaeorum, el Puente de los judíos, por estar próximo a la ribera habitada por la comunidad hebrea. Sus dos grandes arcadas se apoyan sobre un pilón central, dotado de un pequeño arco cuya función es la disminuir la presión del agua sobre la estructura durante las crecidas.

Puente Cestio (abril 2012)

El otro puente que comunica la Isla Tiberina con ese barrio genuino, idiosincrático y singular que es el Trastévere (literalmente Trans Tiberim, ‘al otro lado del Tíber’) es el Ponte Cestio, construido en  los primeros años de la República y cuyo nombre desconocemos si corresponde a su constructor o restaurador;   porque  efectivamente sabemos que este puente fue objeto de numerosas restauraciones hasta ser reconstruido por completo en el 375 d. C. a iniciativa del emperador Graciano por el prefecto Símaco, quien se sirvió para ello de material procedente del  vecino Teatro Marcelo, usado al igual que el Coliseo como cantera. A lo largo de la Edad Media y la época moderna sufrió otros arreglos y el aspecto que presenta en la actualidad se debe a las obras que se acometieron en las márgenes del río en 1892 cuando se levantaron grandes diques en sus márgenes  para proteger la ciudad de las constantes crecidas.
Más tarde llegaron nuevos puentes como resultado de la expansión imperial, de los que lamentablemente no nos quedan apenas más restos que sus viejos nombres: el Pons Agrippae, o Puente de Agripa, del que desconocemos su principal función, si bien tenemos noticia de que fue reconstruido y dedicado de nuevo por el emperador Antonino Pío;  o el Pons Caligulae, o Puente de Calígula, de madera, por el que el emperador podía cruzar el valle entre el Palatino y el Capitolio de tal modo que podría ir desde su palacio al Templo Capitolino (probablemente se trata del  puente que, según relata Suetonio en su Vida de Calígula 22, habría construido el demente emperador, por haberle instado el propio Júpiter a vivir cerca de él, y que inmediatamente después de su muerte habría sido destruido para que no quedase rastro alguno de su infausto recuerdo). Del Puente de Nerón, cerca del actual Puente  Vittorio Emanuele II, no hay evidencias seguras de que fuese Nerón quien lo hiciese construir, aunque su proyecto encaja bien en la política urbanística del emperador; conocido también como Puente Triunfal porque la Via Triumphalis pasaba sobre él, de  su estructura sobreviven los restos de uno de sus cuatros pilares, visibles tan sólo cuando el caudal del Tíber está muy bajo.

Puente Sant' Angelo (agosto 2010)

Otros dos puentes antiguos  también son famosos en la actualidad: el Puente Elio o Puente de Adriano (por ser el nombre completo del emperador Publio Elio Adriano) es  hoy  más conocido como Ponte Sant’Angelo;  fue terminado por este emperador en el 134 d. C. en conexión con su Mausoleo aunque probablemente también con la intención de abrir el área adyacente a  la margen derecha del río al desarrollo y a la urbanización ya que comunicaba la ciudad con el Ager Vaticanus, lo que más tarde será lo que conocemos hoy como El Vaticano . Se trata del otro de los dos puentes de la Antigua Roma, junto con el Puente Fabricio, que han logrado permanecer más o menos intactos durante siglos y se cuenta entre los puentes más bellos de Roma,  ya que su hermosa factura vio incrementado su atractivo cuando entre 1669 y 1671 el papa Clemente IX le añadió la serie de diez esculturas barrocas de ángeles diseñadas por Bernini; todas ellas, cada una de las cuales sostenía uno de los instrumentos del martirio de Cristo, fueron encargadas a los mejores escultores del momento,  y tan  sólo dos, El ángel con la inscripción INRI y El ángel con la corona de espinas, quedaron reservadas para el propio Bernini. El papa, atraído sobremanera por las excepcionales características de estas dos piezas, hizo que fuesen reemplazadas por copias y guardadas en interior; hoy pueden contemplarse esos originales en la iglesia de San Andrea delle Frattre en Roma, si consigues hallar abierta la iglesia, cosa que yo aún no he logrado.
El último puente al que me referiré es el Puente Milvio, uno de los más importantes sobre el Tíber; aunque fue construido en tiempos de Nerón en el año 206 d. C., debe su nombre a la famosa batalla que se libró junto a él y en la que en el 312 d. C.  el emperador Constantino venció a su rival Majencio. No me resisto a citar aquí ese hecho singular que en los últimos años se ha hecho famosísimo entre las parejas de enamorados: dejar sobre él “los candados del amor”, práctica inspirada en la novela Hoy tengo ganas de ti (2006) de Federico Moccia  que ha provocado ya  graves consecuencias y contra la que lucha denodadamente el Ayuntamiento de Roma con mayor o menor éxito.
Y al hilo de este “romántico” comentario no me queda más que reconocer que es Roma una historia de amor entre el río Tíber y los puentes, un “yo sin ti” imposible, porque bajo los ojos de esos puentes discurre la mirada cómplice del río hacia la  Urbs, a su amada Ciudad; se trata de un trinomio inseparable, Roma-Tíber-puentes, eficiente y eficaz para la Historia de este pueblo en particular y del mundo de Occidente en general.
El puente como símbolo de unión, de paso, de tránsito, de conexión comunica los riberas de un río, relaciona los contrarios y, en otro orden, conecta un mundo con otro; ello explica el papel importantísimo del colegio de los Pontífices cuyo origen remonta a los albores de Roma; es el propio Cicerón quien nos habla de que fue el segundo rey de Roma,  Numa Pompilio, quien eligió a cinco pontífices para presidir las ceremonias sagradas. Ya en la Antigüedad se proponían dos etimologías para el nombre Pontifex y es Varrón el encargado de trasmitirlas: afirma, por un lado, que  puede estar formado de posse (poder) y facere (hacer), pero él mismo se inclina por hacerlo derivar de pons (puente) porque fueron ellos, los pontífices, quienes construyeron el Puente Sublicio y acometieron las sucesivas reconstrucciones siempre que fue necesario, al tiempo que en ambas riberas se llevaban a cabo solemnemente ritos sagrados. Y aún cabe apuntar una etimología más, que pontifex provenga de fosse (fons) y pacere (con el sentido de ‘causar’ en dialecto umbro); de este modo, el pontífice vendría a ser una especie de zahorí, un individuo con facultad de descubrir manantiales subterráneos tan necesarios para los cultivos, un superior de estos peritos en aguas que presidirá la búsqueda de nuevos acuíferos tan imprescindibles para las sociedades agrarias osco-umbras.

Augusto Pontifex Maximus in Via Labicana (agosto 2010)

La explicación más extendida y generalizada, no obstante, es la que pone en relación pontifex con pons, pero origina la duda de por qué razón recibe este nombre el sacerdote encargado especialmente de la jurisprudencia religiosa en Roma, el vigilante de culto oficial público en la ciudad; quizás con el término pons se refiera a un antiguo valor indoeuropeo de “camino, vía” y se aluda a un posible colegio de ingenieros, de trazadores de caminos, conocedores de los cálculos secretos para montar y desmontar el Puente Sublicio según el grado de hostilidad con los pueblos etruscos. Esta interpretación ayudaría a explicar que entre los atributos del pontifex maximus, el presidente del colegio de los pontífices, figure una dolabra o “piqueta”, herramienta que podía servir a la vez como hacha y como pico y que formaba parte indispensable del equipo del soldado romano. A ellos se les habría encargado también la ordenación del calendario público, qué días serían fastos o nefastos, información tan necesaria para todos los actos de la vida; así habrían cobrado cada vez mayor importancia hasta alcanzar la supremacía religiosa porque la suya era “la ciencia de las cosas divinas y humanas”.  Vigilaban el culto y todas las ceremonias, cuidaban de armonizar el calendario civil con el solar, intercalando meses y días e introduciendo, ya fuera por su propia ignorancia astronómica o por determinados intereses, grandes desórdenes que duraron hasta la reforma del calendario de Julio César en el año 46 a. C.
El colegio de estos sacerdotes, cuyo número fue variando hasta los quince establecidos por Sila, estuvo presidido siempre por el Pontifex Maximus, obligatoriamente varón y cuya dignidad era vitalicia; entre sus principales cometidos figuraban defender y representar a todos los dioses del Estado, elegir a los sacerdotes de distintos colegios así como a las vírgenes Vestales, señalar y publicar las fiestas mensuales, interpretar la ley y el derecho así como poseer la potestad legislativa e interpretativa de la ley, administrar la justicia religiosa, consagrar algo públicamente a los dioses y revocarlo posteriormente, administrar todos los bienes de los dioses procedentes de fuentes de financiación diversas como las ofrendas de los fieles o ciertos impuestos, una parte de los cuales se destinaba al decoro y el esplendor del culto… En suma, era prácticamente la autoridad más influyente del Estado; por  ello no resulta extraño que Julio César  y Augusto ambicionaran ser designados como Pontifices Maximi, el primero al principio de su carrera y el segundo como condición para considerarse plenamente señor de Roma.
Así,  por extensión, de este cometido del pontifex como  “constructor de puentes” que  implica la condición de “hombre-puente” o “puente-vivo” de quien lo ostenta, convirtiéndose en mediador por excelencia, conciliador, es fácil colegir la explicación trascendental de su cometido religioso. Así como el puente comunica las dos riberas de un río, el pontífice actúa como nexo de unión entre los hombres y las divinidades antes, o de los hombres y Dios ahora, de donde se justifica cómo ese título pagano habría sido heredado por el Papa, obispo de Roma y  jefe de la Iglesia católica; el nombre Papa procede del latín papas “obispo” y este a su vez del griego páppas, “papá,  término de respeto dirigido a eclesiásticos”. Aparece en latín desde el s. III con el sentido de “obispo” y desde el s. V queda restringido al obispo de Roma o Sumo Pontífice; y al leer con detenimiento las atribuciones del viejo Pontifex Maximus romano, no resulta extraño encontrar algo más que meras coincidencias con la figura de Pontífice actual.
Se hace necesario remontarnos ahora a cómo, cuándo y por qué se produjo esa promoción, paradójica cuanto menos, del propio papa como Pontifex Maximus, el título de la autoridad más influyente del Estado romano, el principal personaje de la organización religiosa de la Roma pagana.
El cargo de Pontifex Maximus había sido electivo hasta que Augusto puso fin a esa práctica y en el Imperio quedó asociado a la dignidad imperial; con la conversión de Constantino y  el edicto de Milán del año 313 que concedió la libertad de religión en el Imperio romano y  acabó con las persecuciones, el paganismo dejó de ser la religión oficial del imperio y de sus ejércitos. Más tarde, cuando Teodosio declaró el cristianismo como religión oficial de Imperio en el a. 380 y prohibió los cultos paganos, se quitaba todo sentido ya al papel religioso del emperador; el proceso habría de concluir definitivamente cuando el joven emperador Graciano (sí, sí , aquel mismo de la restauración del Puente Cestio) en el año 382 renunció a llevar el título de Pontifex Maximus por considerarlo incompatible con su fe e impropio de un emperador cristiano, rechazando así los tradicionales atributos paganos de los emperadores. El puesto quedó así vacante y fue tomado por el entonces obispo de Roma, Dámaso I, el primer obispo romano en recibir el nombramiento, aunque murió sólo dos años después, en el 384.
El primer papa en sentido estricto fue León I (440-461) quien asumió de manos del  emperador Valentiniano III el título que había quedado abandonado desde el 384; otras fuentes hablan de que fuese el papa Gregorio I (590- 604) quien lo emplease en un sentido claramente formal y es posible que con el advenimiento del Renacimiento el título se consolidase  definitivamente como título de honor para el papa como constructor de puentes espirituales que restaura lazos que ligan al hombre a su pasado.
Desde tal perspectiva no resultó en absoluto extraña la elección del nombre de la cuenta en Twitter del papa Benedicto XVI, el primero en estrenarse en esta red social, @pontifex, eligiendo para ello la fecha del 12 del 12 del 12, a las 12 horas, por el número de los apóstoles. La elección de este nombre para nada es casual porque se asegura así la continuidad de dicha cuenta que podrá ser usada sin modificación alguna por parte de todos sus sucesores en la Vicaría de Cristo como figura que “tiende puentes” ahora también sirviéndose… de las nuevas tecnologías.
Como habréis tenido oportunidad de comprobar en esta labor “pontificia” de hoy, también yo he tratado de establecer puentes entre el  histórico pasado romano y las bellas estampas fluviales de la ciudad de hoy, entre las raíces etimológicas de las palabras y las razones políticas de los cambios, entre el peso de la tradición y la modernidad virtual,   en una evocación que espero que, a pesar de larga, se haya hecho amena e ilustradora en un nuevo recorrido por la Roma Eterna.
Mil bicos a tod@s.


lunes, 11 de marzo de 2013

La Fontana de Trevi (II): monedas, L'Acqua dell' Amore y Fendi



Si hay en Roma una fuente inagotable de historias, sin duda alguna la Fontana di Trevi  es la más firme candidata a llevarse la palma; son varias las tradiciones que se han edificado en torno a ella y que tienen, en unos casos,  que ver con aspectos nostálgicos o románticos. A estas dedicaremos, como colofón, la entrada de hoy, pero  sin olvidar  algunas otras curiosidades que, espero, sean del agrado de quien se anime a conocerlas conmigo en este nuevo percorso que tiene otra vez como protagonista  a esta majestuosa explosión barroca de agua y piedra.
La popular costumbre de arrojar una moneda en la Fontana es un acto inevitable  para cualquier visitante que se precie y que desee  asegurarse  un futuro retorno  a Roma, un peaje que pocos se negarán a pagar; en ocasiones la tradición varía en cuanto al número de monedas que se deben arrojar y que va de una a tres, aunque en todo caso se trata de un pago poco oneroso para el bolsillo ya se aceptan incluso las mínimo valor.
Una única moneda, la costumbre más extendida, constituye el precio del pasaje que garantiza regresar de nuevo algún día a la Ciudad Eterna; una segunda moneda arrojada significa que el o la oferente encontrará el amor de una romana o un romano, y una tercera moneda asegura que habrá  matrimonio  con ella o con él. Eso sí, el ritual exige que la moneda o monedas sean lanzadas con la mano derecha sobre el hombro izquierdo y siempre de espaldas a la fuente.
 En general muchos justifican esta tradición en el argumento de una película titulada precisamente Three coins in the Fountain, de Jean Negulesco (1954), donde tres jóvenes americanas, cada una en busca de la felicidad, lanzan monedas a la Fontana  de Trevi con el deseo de  ver cumplidas sus expectativas amorosas. Pero el verdadero origen de esta costumbre hay que buscarla en el influjo que las fuentes han ejercido y siguen ejerciendo sobre la gente, desde un tiempo en que, como veremos a continuación, tenían un fuerte carácter sagrado,  aunque hoy, desvirtuado ya el sentido originario de este culto a las aguas, haya quedado reducido casi a una superstición.
El agua ha desempeñado desde siempre un papel importantísimo en la vida de los seres humanos ; desde tiempos remotos el hombre ha rendido culto a la Naturaleza porque percibe y ha percibido siempre la presencia divina en sus elementos, entre los cuales el Agua es absolutamente primordial porque es signo de vida, de salud y de renacimiento.
En todas las épocas, mares, ríos, lagos y fuentes han sido objeto, en mayor o menor grado, de manifestaciones cultuales entre los diversos pueblos; esta veneración es plasmada en realizaciones concretas, que van desde la sacralización de lugares acuáticos a ofrendas votivas o leyendas, y que toma forma a través de santuarios, balnearios, ninfeos… De este modo la relación del hombre con el medio natural queda encuadrada en un contexto que podemos considerar “mágico-religioso”.
El mundo romano, como ya anteriormente había sucedido con el mundo griego, no fue ajeno a este carácter sagrado de las aguas y así está presente en la religión romana primitiva; en particular existe un grupo de aguas que, por sus especiales características y sus particularidades concretas, fueron sacralizadas en época romana  y así las fuentes fueron adoradas conceptualizándolas como numina, poderes divinos, manifestaciones de la voluntad de algún dios.
Comúnmente en Roma se extendía la creencia de que las aguas transmitían el poder curativo de las divinidades y que incluso eran capaces de alargar la vida; en particular había la creencia popular de que las propiedades terapéuticas de las aguas medicinales y termales estaban en íntima relación con alguna divinidad. En la religión romana la personificación de las fuentes y de las aguas vivas era Fons; es evidente que un efecto tan benéfico como el del surgir de las aguas debía ser personificado y divinizado. Pero  también los romanos conocieron a Fontus, Fontanus y hasta una femenina Fontana; nacido en el principio como el espíritu divino y benefactor de las aguas potables que nacen del suelo,  Fons conformó más tarde un dios, hijo de Jano Patulcio, dios promotor de cualquier ocasión, y de Yuturna, una ninfa de las fuentes, una divinidad salutífera  que tenía una fuente a ella dedicada en el mismísimo Foro, no lejos del Templo de Vesta. Del importante culto a esta diosa da fe la hipótesis de que uno de los templos del Area Sacra di Largo di Torre Argentina corresponde a esta diosa , espacio del que hablé en una entrada anterior (http://senoneveroebentrovatoprofedegriego.blogspot.com.es/search/label/Idus)
Templo A o de Yuturna en Area Sacra (agosto 2010)

Tal importancia parece haber alcanzado en Roma el culto a las fuentes que en honor a ellas y al propio dios Fons se celebraban las fiestas de los manantiales, las Fontinalia, cada 13 de octubre y consistían en ofrendas de flores al tiempo que también con flores eran adornados los brocales de los pozos.
Este carácter cultual tributado a las aguas en general y a las fuentes en particular es práctica universal en todo el mundo antiguo desde el neolítico, y está atestiguado en numerosísimos lugares de la Península Ibérica y de las Galias; de hecho el culto romano a determinados espacios acuáticos debió de limitarse a perpetuar cultos más antiguos. Y aún después, con el cristianismo, este culto es uno de los que más perduró en la religiosidad y hoy existen en España múltiples ermitas dedicadas a la Virgen cuyo origen debemos remontar a lugares con presencia de agua donde intuimos algún tipo de práctica cultual remota y pagana; tal es el caso de Santa Mariña de Augas Santas, cerca de Allariz, en la provincia de Ourense,  famoso santuario donde se entremezclan historia, tradición y leyenda, en una zona, además,  de interesantes  restos arqueológicos castreños y romanos. Y es que en Galicia, en particular, estas creencias se han plasmado en interesantes leyendas del folklore.
En algunos de estos centros cultuales han sido halladas  ofrendas y dedicatorias, arrojadas a las aguas o depositadas en sus proximidades;  entre estos testimonios aparecen  pateras, cráteras, fíbulas, aras, cerámicas, vasos y, cómo no, monedas; en el mundo romano estas ofrendas monetales a los manantiales de aguas termales parecen haber sido muy comunes, como lo demuestran, por ejemplo, las más de medio millar de monedas romanas  halladas en el lecho de las fuentes  en  Caldas de Cuntis (Pontevedra), lugar que sigue siendo hoy en día un establecimiento balneario famoso en Galicia  por sus excepcionales aguas mineromedicinales indicadas para el tratamiento de numerosas enfermedades. O los espectaculares hallazgos numismáticos en la francesa Bourbonne-les Bains, donde se encontraron más de cuatro mil monedas junto con otros numerosos diversos exvotos, un centro de termalismo de reconocido prestigio desde la Antigüedad hasta hoy; o el descubrimiento fortuito en el balneario de Vicarello, al norte de Roma, de un tesoro de más de cinco mil monedas y  objetos votivos de oro, plata y bronce, entre los que destacan los llamados “Vasos de Vicarello”. Se trataba, en el caso de estos últimos, de cuatro vasos de plata, con forma de miliarios, donde aparecían grabados los nombres de las localidades en el trayecto entre Gades y Roma; eran probablemente  una ofrenda  de un personaje principal gaditano al dios  Apolo ya que el lugar de su aparición eran unas antiguas termas de época romana donde hubo un santuario sanador de este dios, de ahí que se les conozca también como "Vasos Apolinares". El  oferente habría dejado como exvoto de agradecimiento por la curación de algún mal o dolencia los vasos que, seguramente, le sirvieron de copas y al tiempo de mapa de carreteras de su itinerario, algo así como un rudimentario GPS de la Antigüedad; de lo que no cabe duda es de que se trató de un hallazgo de valor histórico extraordinario y el más excepcional en Italia.
Fuente del Tritón, Pl. Barberini  (agosto 2010)
 La presencia de fuentes ornamentales en el urbanismo de las ciudades entre los siglos XVII y XX podría explicarse como una evocación de ese carácter mágico-sagrado de los manantiales, sugiriéndonos muchas veces mediante el aparato escultórico las antiguas deidades de las aguas; en este sentido la Fontana de Trevi no es un caso único en esta Roma dell’Acqua y podemos destacar otras muestras muy significativas: la berniniana Fuente del Tritón en la Plaza Barberini; otra barroca Fuente de Neptuno, esta vez en la Plaza Navona, o la más reciente Fuente de las Náyades en el centro de la Plaza de la República con unas sugerentes deidades femeninas que escandalizaron en su momento.
Fuente de Neptuno, Pl. Navona (agosto 2010)

Fuente de las Náyades, Pl. República (agosto 2010)
 En resumen y después de esta larguísima exposición, la actual costumbre de il lancio della monetina en Trevi debe ser interpretada como  una reminiscencia de un acto anterior, mucho más antiguo, de propiciación de una divinidad acuática local, cuyo favor se agradecía o se compraba con una dádiva o un pequeño obsequio; hoy para la mayoría de turistas no pasa de ser una tradición vana, una práctica  ejecutada sin sospecha de estar cumpliendo con un ritual ancestral que conectaba al hombre con las divinidades.
La ventaja de esta práctica tan extendida y popular es que reporta la friolera de casi un millón de euros al año, unos seis mil euros mensuales,  que en la actualidad  se destinan íntegramente a Cáritas, organización que los dedica a un supermercado gratuito para personas necesitadas; la cifra recaudada se ha visto aumentada en los últimos años no tanto por la generosidad de la gente sino por las labores de vigilancia de la policía para evitar robos.
En torno a esta Fontana de Trevi existe otra leyenda, menos conocida pero bien curiosa, que paso a comentaros, amables y pacientes lectores; como dejé dicho en mi entrada anterior, http://senoneveroebentrovato-profedegriego.blogspot.com.es/2013/02/la-fontana-de-trevi-i-la-venganza-de-un.html, el agua de la propia Fontana no es, actualmente,  apta para beber por estar tratada y por funcionar en circuito cerrado. Pero es posible probarla y catar su buen sabor haciendo uso de unos discretos caños o grifos situados a la derecha de la fuente, en las gradas que descienden hacia la pileta de la Fontana, eso si la multitud de gente allí arremolinada no nos lo impide.
Hay otro lugar donde poder beber el agua de Trevi conocida como La fontanina degli innamorati, “la fuentecilla de los enamorados”, una vaschetta, un pequeño pilón situada a la derecha mismo de la fuente donde cuenta la tradición que los enamorados que beban juntos aquí  se serán fieles eternamente; esta costumbre procede, parece ser, de otra más antigua, según la cual las jóvenes cuyos novios se veían obligados a marchar de Roma por cuestiones laborales o por el servicio militar, acudían con ellos y les hacían beber de esta pequeña fuente que mana directamente de la roca en un vaso o en una copa nueva y que no hubiese sido usada  antes. Una vez que el muchacho había  bebido,  se rompía el vaso intencionadamente de tal modo que con este acto se garantizaba la fidelidad de su amor aunque estuviese lejos;  de ahí que fuese conocida como L’Acqua dell’Amore. Curiosamente  la práctica no decía nada de la fidelidad de la muchacha a su amado ausente…
Se ha sugerido que las dos tradiciones, el lanzamiento de la moneda y el sorbo de agua, estuviesen combinadas y que en origen la moneda ofrecida a las aguas debería no ser ya de curso legal, como si de un símbolo de amor en el pasado se tratase. Cuentan que, durante su estancia en Roma, la propia Carlota de Austria, la esposa del emperador Maximiliano de Habsburgo, cumplió con la tradición usando una valiosísima copa obsequio del papa Pío IX cuando desde México vino a tratar  graves asuntos políticos y a entrevistarse con el pontífice.
Otras teorías apuntan otras posibles explicaciones a las que he propuesto; desde que el controvertido arqueólogo alemán Wolfrang Helbig, un enamorado de Roma y protagonista de su vida mundana, fuese el “inventor” de la tradición de la moneda como mágico encantamiento para regresar a la ciudad  y poder volver a disfrutar de toda su belleza, hasta que habría surgido como un voluntario “impuesto” o “tasa”  destinado a sufragar las labores de restauración del monumento. Y es este último comentario el que me sirve de pretexto para finalizar la entrada de hoy y que había apuntado en el título: Fendi.
La Fontana de Trevi no es ajena, como tampoco lo es el resto del Patrimonio de Roma, al deterioro y a los estragos del tiempo que dejan mella en su singular  belleza; al igual que sucedió con el Coliseo hace unos años, cuando la firma de calzado italiana Tod’s se hizo cargo de su restauración, ahora le toca el turno a la vieja Fontana. Las alarmas saltaron en junio de 2012, cuando se desprendió un trozo de cornisa y ello obligó a una reparación urgente y a hacer un diagnóstico de la “paciente”; los años no pasan en vano ni siquiera para esta colosal “belleza” romana y los peritos detectaron fisuras en la piedra, hongos, moho, secuelas de la contaminación, óxido… y  consecuentemente el precio de la cirugía reparadora, unos dos millones y medio de euros.
Al llamamiento de las autoridades hubo una rápida respuesta: la firma de moda  italiana Fendi, fundada en 1918 y con un extraordinario prestigio en todo el mundo, se haría cargo del patrocinio; y no sólo eso, también asume la restauración de las Quattre Fontane, las Cuatro Fuentes del cruce junto a la iglesia de San Carlo, la joya de Borromini, que doy fe que buena falta les hace. Todo ello  forma parte de un programa que la firma denomina con razón “Fendi for Fountains”.
La firma del acuerdo entre el Ayuntamiento de Roma y los representantes de Fendi no pudo haber tenido lugar en un lugar más emblemático, junto a uno de los signos de la romanidad, a los  mismísimos pies de la estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio, en la gran exedra de los Museos Capitolinos. Se une así tradición y modernidad, pasado y futuro, valoración, protección  y proyección del patrimonio; baste ver el exquisito cuidado  que se ha puesto en el pequeño vídeo promocional de su página web para darse cuenta cómo se ha seleccionado cada una de las imágenes (http://www.fendi.com/en/special-contents). Fendi ha conseguido de este modo  aunar su prestigio con el prestigio infinito  de Roma, erigiéndose  en patrona y protectora de uno de los más bellos y simbólicos lugares de la Ciudad Eterna; bienvenidas sean iniciativas como esta por el bien del Patrimonio Cultural y Artístico, especialmente en estos tiempos de crisis en los que las partidas presupuestarias públicas quedan aparcadas haciendo inviables las necesarias restauraciones.
Y con esta última reflexión  creo haber llegado, ¡por fin!, al término de este largo paseo que espero que haya resultado al menos interesante y ameno, un recorrido que nos ha llevado del presente al pasado, y de ahí al futuro de una pieza única, tan extraordinaria como la Fontana de Trevi.

domingo, 3 de febrero de 2013

La Fontana de Trevi (I): la venganza de un arquitecto



  
Al hablar de la Fontana de Trevi en Roma parecería  hasta imposible aportar algo nuevo a todo lo dicho ya de este archiconocido enclave de la Ciudad Eterna, lugar de visita obligada por ser uno de los lugares más espectaculares;  catapultada a la fama internacional desde que Federico Fellini  lo convirtiera en el escenario del mítico  baño nocturno de la exuberante Anita Ekberg  junto a Marcello Mastroianni en su película La dolce vita (1960) y  reproducida en láminas, fotografías, calendarios, pisapapeles y otros cachivaches de dudoso gusto, la famosísima Fontana de Trevi se ha convertido en todo un icono de la capital italiana.
En un intento por recorrer la historia real de esta monumental Fuente de los Deseos, empezaré por remontarme a sus orígenes romanos para terminar al fin con una de esas historias que tanto me gustan y que he dado en llamar, como este blog, “ se non è vero, è ben trovato".
Uno de los grandes problemas en época romana antigua era el abastecimiento de agua para la población; originariamente Roma se proveía de agua directamente del Tíber, con el peligro consiguiente de consumir agua contaminada. De ahí surge  la necesidad de traerla  desde lugares alejados de la urbe que garantizasen su perfecta potabilidad,  por tratarse de manantiales de agua pura, a través de acueductos construidos a partir de finales del s. IV a. C.
La leyenda nos cuenta que  en el 19 a. C. los  sedientos soldados del general Agripa, yerno del emperador Augusto,  fueron advertidos por  una virgen,  una  virgo, una joven  doncella,  de la presencia de un manantial de agua purísima a unos 22 km de la ciudad, que a partir de este momento proveyó el acueducto  llamado Aqua Virgo,  uno de los trece que hubo en la ciudad,  y que recorría un trayecto de más de veinte kilómetros , la mayoría de ellos bajo tierra. El momento en que la joven mostraba el lugar donde manaba el agua a las tropas romanas quedaría  reflejado,  años  más tarde, en la propia  fachada de la Fontana de Trevi.
 Estos acueductos, excelentes ingenios de la tecnología de la época,  fueron utilizados hasta la caída del  Imperio Romano, momento en que empezaron a caer en desuso por el abandono de su mantenimiento  hasta que en parte fueron destruidos en el año 537 d.C. , momento en que los godos asediaron Roma y destrozaron estas conducciones con el fin de rendir por sed fácilmente a los sitiados; en la Edad Media los romanos se vieron  obligados a aprovisionarse de agua extrayéndola de pozos contaminados y del propio Tíber, que simultáneamente era usado como cloaca; esto, lógicamente,  lo convertía en un foco de graves  infecciones y un peligro permanente  para la salud de los ciudadanos.
 Más tarde, durante el Renacimiento,  se revivió en Roma  la costumbre  de erigir una bella fuente al final de los acueductos que  conducían el agua a la ciudad y así,  en 1453,  el papa Nicolás V hizo reparar este acueducto  en cuyo término levantó una simple pila, obra de León Battista Alberti,  para recibir el agua.
El nombre de Fontana de Trevi procede de su situación, en la confluencia de tres vías (trivium),  aunque otra leyenda alude al nombre de la virgen romana  Trivia, responsable de su hallazgo,  como explicación;  escondida entre estrechas  calles, el efecto de su monumentalidad se hace más patente al visitante que se topa, de repente, con este gigante de travertino en una plaza que sorprende por su pequeño tamaño. Según uno se acerca  a ella, el rumor de agua anticipa su presencia pero la sorpresa que causa, de repente,  su espectacular  tamaño y apariencia impresiona sobremanera en ese juego de efectismo tan propio del Barroco; a mí, en particular, me gusta llegar a ella descendiendo desde el Quirinal, por un laberinto de callejuelas que potencia la experiencia del encuentro. La primera vez que la ves, no hay ojos para tanta belleza… y te sobran turistas en torno a ella; y es que la visites cuando la visites, un enjambre de personas se congrega a su alrededor, como si en ningún momento  del día ni de la noche  fuese a quedar desierta. Pero tal es su atractivo que te conformas con compartirla con la multitud, ¡qué remedio!
La Fontana, tal y como la conocemos hoy, es obra del arquitecto Nicola Salvi, después de que varios papas y varios proyectos antes tuviesen intención de construir una fuente monumental aquí, incluyendo uno del propio Bernini;  quien dio su aprobación al proyecto de Salvi fue  finalmente el papa Clemente XII, cuyo blasón es visible en la parte superior de la fuente  flanqueado a  cada lado por dos ángeles heraldos con trompetas, en un fenomenal  alarde propagandístico. La costosa construcción se demoró durante treinta años, de 1732 a 1762, y su arquitecto murió antes de ver concluida su obra; su delicada salud se vio resentida por  los constantes trabajos en los conductos subterráneos de agua donde la humedad hizo mella en sus problemas pulmonares crónicos. Habría de continuar la obra Giuseppe Pannini siguiendo los planos originales de Salvi, a quien se deben los relieves alusivos al legendario hallazgo del manantial de agua pura en la parte superior de la Fontana.
Una de las cosas que hacen a la Fuente de Trevi espectacular es su disposición literalmente “teatral”: como telón de fondo encontramos la fachada sur del Palacio Poli, un auténtico desconocido para los turistas, eclipsado por la grandiosidad de la fuente, al tiempo que en torno a ella, a modo de escenario,  se disponen gradas en semicírculo para que los asistentes puedan contemplar la gran representación de agua y piedra que constituye una de las obras cumbre del Barroco italiano. Pero veamos ahora quiénes son los actores y actrices principales de este derroche de imaginación en mármol travertino.

Océano o Neptuno en la Fontana (agosto 2010)

Una hermosa hornacina central se dibuja detrás del  gran protagonista, la figura majestuosa de un dios Océano o Neptuno, señor poderoso de los mares y las aguas,  que emerge en una gigantesca concha de la que, a modo de carro,  tiran a ambos lados dos caballos marinos, uno encabritado y el otro tranquilo,  acompañados de dos figuras de tritones que intentan dominar a los corceles; estos, a su vez, representan los estados del mar, ora embravecido y violento, ora calmado y plácido, de cuyas riendas se ocupan seres del cortejo marino, mitad hombres, mitad peces, a los que se acostumbra a presentar soplando en conchas que les sirven de trompa, como podemos observar  en la figura de la derecha. La figura del dios con la vestimenta al viento, entre las magníficas formaciones rocosas naturales y los borboteos de las cascadas de agua, contribuye  a crear un espectáculo grandioso y festivo, un homenaje al poder salutífero y vivificador del agua como regalo de la Naturaleza; estas figuras son obra de dos escultores, Giovanni Maini,  quien las inició, y Pietro Bracci, que les dio fin;  la fuerza del Neptuno parece inspirada en el propio “Moisés” de Miguel Ángel, así como el corcel manso y apacible recuerda, sin duda alguna, el caballo de Bernini en la “Fuente de los Cuatro Ríos” de Piazza Navona, a la que la propia Fontana di Trevi abastece de agua.
A cada lado del majestuoso Neptuno se descubren dos hermosas figuras femeninas  de Filippo della Valle que dan forma en escultura a  las mismísimas palabras en latín de la inscripción del friso superior, bajo el blasón papal, con las que Clemente XII deja claro, en su propagandístico mensaje, su compromiso con la “Abundancia”,  COPIA, y la “Salubridad”, SALUBRITAS, a través de esta fuente:
CLEMENS XII PONT MAX
AQUAM VERGINEM
COPIA ET SALUBRITATE COMMENDATAM
CULTU MAGNIFICO ORNAVIT
ANNO DOMINI MDCCXXXV PONTIF VI
Tritón con caballo marino a la derecha de  la Fontana (agosto 2010)

Se trata de un programa iconográfico interesantísimo que vale la pena examinar detalladamente. A  la derecha podemos contemplar  a una joven mujer elegantemente vestida con delicados plegados;  se trata de Higía o Salus,  que  porta en su mano izquierda una lanza mientras en la derecha sostiene una copa por la que se enrosca una serpiente. Era esta diosa Higía  en la mitología griega la personificación de la Salud, la personificación de la higiene como práctica terapéutica preventiva,  y con frecuencia es considerada una de las hijas de Asclepio, dios de la Medicina; la diosa  Salus en Roma no es sólo la personificación de la Salud , sino, en general, la de la “conservación”, y, curiosamente, en tiempos  poseyó un templo en un lugar muy próximo a la Fontana, el Quirinal. Hoy en día esta copa o cáliz con una serpiente enroscada a su alrededor es universalmente considerada como símbolo de la profesión farmacéutica.
Alegoría de la Salubridad en la Fontana (agosto 2010)

A la izquierda del dios del mar descubrimos otra delicada escultura de mujer , alegoría de la Abundancia; a sus pies, de un cántaro mana agua y con las dos manos sostiene una Cornucopia, el  Cuerno de la Abundancia o de Amaltea, la ninfa nodriza de Zeus cuando era niño; cuenta la mitología que un día, mientras jugaba, Zeus quebró  un cuerno de la cabra que le suministraba la leche y se lo regaló a Amaltea con la promesa de que este se llenaría milagrosamente  de todos los frutos que deseara. De ahí la representación de un cuerno del que salen flores y frutos, símbolo omnipresente en lugares de toda  Roma.
Alegoría de la Abundancia en la Fontana (agosto 2010)

Sobre el conjunto escultórico encontramos una clara referencia a los orígenes míticos de la Fontana; dos relieves muestran sobre las figuras femeninas, a la derecha, el momento en que la joven virgen muestra a los soldados de Agripa el manantial, y, a la izquierda,  el general Agripa en persona examina y aprueba los planos de la obra. Y aún por encima de todo el grupo, junto a la inscripción del papa Clemente, cuatro esculturas femeninas, dos a cada lado, representan las Cuatro Estaciones.
Hoy en día las  cristalinas aguas de la Fontana de Trevi que, según alguna leyenda local, en otros tiempos  aseguraban a las romanas el amor de sus amados tras beber estos un sorbo, no son potables; la fuente se somete periódicamente a trabajos de limpieza, pulido y  desinfección con cloro para evitar la proliferación de microorganismos en el agua. Pero es posible  probarla, y confieso que es deliciosa, si acertamos a dar con los caños de unos surtidores dispuestos a ese fin; están ubicados, aunque poco visibles entre el gentío,  a la derecha del monumento junto a una farola y en las escalinatas, también a mano derecha,  que bajan hacia el borde de la pileta donde todos los turistas  se disponen a asegurarse el regreso a la Ciudad Eterna al módico precio de una moneda, eso sí, cumpliendo estrictamente con el ritual de arrojarla con la mano derecha sobre el hombro izquierdo y siempre  de espaldas a la fuente. Pero el origen de esta tradición, así como alguna otra curiosidad más  sobre la Fontana, que estoy segura que será de vuestro agrado, prometo que será  el tema de mi próxima entrada, porque esta me está saliendo ya demasiado larga.
Como comenté al principio de la entrada, Nicola Salvi no vivió para ver concluida su obra; pero sí se aseguró, antes de su muerte, de hacer eterna una pequeña “venganza”. Y así llegamos a esa otra historia discutiblemente vera, pero que espero que  resulte  para quien no la conozca bèn trovata y explicativa de un elemento  insólito que lo cierto es que sí existe, lo cual da verosimilitud a la leyenda.
Sobre la balaustrada que  circunda la Fontana, en su lado derecho, justamente en el ángulo con la  Via della Stamperia, está esculpida  una  enorme vasija de travertino, visible  desde la calle, pero imposible de ser advertida desde la misma fuente ya que en esta  posición su aspecto queda mimetizado con la estructura rocosa; su aspecto recuerda, cuando se la contempla, el símbolo correspondiente al As de Copas de la baraja española, de ahí que a este extravagante objeto se le conozca en Roma como L’Asso di Coppe. 

L'Asso di Coppe de la Fontana de Trevi (abril 2012)

 Y la pregunta lógica  de qué hace ahí surge inmediatamente  y aquí es donde se revela la curiosa explicación; cuentan que durante los trabajos de construcción de la Fontana el arquitecto Nicola Salvi se veía constantemente molestado por los comentarios de un barbero criticón y pedante cuyo establecimiento estaba situado precisamente frente  a ese lugar de la baranda y donde a diario el artista acudía para ser afeitado. Exasperado por las continuas críticas del insufrible rapabarbas sobre su hermosa Fontana, Salvi tomó la decisión de impedirle la vista de su obra y en una noche hizo construir la enorme vasija, que le ocultó por completo la perspectiva desde la fachada de su barbería y le privó así  para siempre  de la belleza  de su magnífica fuente como venganza  ad aeternum.  Yo misma he comprobado in situ que resulta imposible disfrutar del espectáculo de la Fontana desde allí  e invito a mis amables lectores a hacerlo ellos mismos cuando tengan oportunidad; hoy ya no existe la barbería, aunque dicen que hasta no hace mucho sí hubo una, pero lo que yo pude ver fue tan sólo el local  de una vieja mercería y otro bajo junto a este con una persiana metálica bajada y un toldo-letrero, “Stampe Cornicsouvenir”. Corresponden, respectivamente,  a los números 83 y 84 de la Via della Stamperia, un poco más allá de una antiquísima farmacia, la Farmacia Pesci,  fondata nel 1552, como reza en su fachada, y de la conocida tienda de calzado  “Angelo”, datos que ayudarán a localizar más fácilmente el lugar para quien se anime a las pesquisas.
Sea o no cierta la leyenda, el caso es que es difícil explicar la extraña presencia de este elemento  que nada tiene que ver con el tema de la fuente y que no encuentra tampoco  correlato en el lado izquierdo de la balaustrada; en cuanto a lo que significa o pudiera representar, también aquí se apunta  una explicación que vendría a corroborar  la misma historia del fígaro maledicente ya que quizá se trata de la bacía o recipiente donde el barbero “montaba” la espuma de jabón para su trabajo.
Y por hoy hemos llegado al final de esta Historia con  “historia”, que dejo a vuestro criterio decidir si es vera, o si, por lo menos,  ha sido ben trovata;   tan sólo me queda daros las gracias, amables lectores, por vuestra paciencia y  espero reencontrarme con tod@s vosotr@s en la próxima entrada sobre esta inagotable Fuente de historias que es la Fontana de Trevi.





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